viernes, 12 de agosto de 2011
PROLOGO DE "POLITICA BRITANICA EN EL RIO DE LA PLATA" (1936)
Por Raúl Scalabrini Ortiz
La economía es un método de auscultación de los pueblos. Ella nos da palabras específicas, experiencias anteriores resumidas, normas de orientación y procedimientos para palpar los órganos de esa entidad viva que se llama sociedad humana.
En puridad, la economía se refiere exclusivamente a las cosas materiales de la vida: pesa y mide la producción de alimentos de materia prima, tasa las posibilidades adquisitivas, coteja los niveles de vida y capacidad productiva, enumera y determina los cauces de los intercambios y, en momentos de fatuidad, pretende pronosticar las alternativas futuras de la actividad humana.
Pero la economía bien entendida es algo más. En sus síntesis numéricas laten, perfectamente presentes, las influencias más sutiles: las confluentes étnicas, las configuraciones geográficas, las variaciones climatéricas, las características psicológicas y hasta esa casi inasible pulsación que los pueblos tienen en su esperanza cuando menos.
El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras.
No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo. Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en u destino común.
Todo hombre humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él, pero es al mismo tiempo una molécula inseparable del organismo económico de que forma parte. Y así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma.
Temas para extraviar son todos los de la realidad americana. Esa realidad nos contiene, su calidad condiciona la nuestra. Somos un instante de su tiempo, un segmento de su espacio histórico.
Ella delimita constantemente la posibilidad del esfuerzo individual. No podemos ser más inteligentes que nuestro medio sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda.
La realidad se anecdotiza incesantemente en nuestros actos y en nuestros pensamientos sin que la inteligencia americana se preocupe de consignarlos.
Solemos referirnos a los pasados de América que se anotaron con trascendencia histórica, solemos hilvanar imaginerías sobre su porvenir, pero el instante vivo en que la historia se confecciona, sólo ha merecido desdén de la inteligencia americana que podía haberlos descrito. Y ésa es una de las grandes traiciones que la inteligencia americana cometió con América.
Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos, por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron no se encontrarán, sino ocasionalmente, por ninguna parte.
Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras.
El aborígen fue sustituído por inmigrantes. ëstos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vió, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego op disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos.
No tenía relatores, menos aún podía tener intérpretes y todavía menos conductores instruídos en los problemas que debían encarar. Sin un contenido vital, las palabras que en Europa determinan una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición.
El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos, que no habían nacidop en nuestro suelo y dentro e los cuales nuestro medio no calzaba, ni por aptitudes, ni por posibilidades, ni por voluntad. La deliberación de las conveniencias prácticas fue reemplazada por antagonismos tan sin sentido que más parían antagonismos religiosos que políticos o intelectuales. En esas luchas personales o absurdamente doctrinarias se disipó la energía más viva y pura que hubiera podido animar a estasnacientes sociedades.
Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida.
No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libretad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industrias locales. América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente pujantes, astutas y codiciosas nos rodeaban.
Ellas sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar, simultáneamente. El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron.
Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de alguna de esas falsías.
Volver a la realidad es el imperativo inexcusable.
Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos. Bajo espejismos tentadores y frases que acarician nuestra vanidad para adormecernos, se oculta la penosa realidad americana. Ella es a veces dolorosa, pero es el único cimiento incorruptible en que pueden fundarse pensamientos sólidos y esperanzas capaces de resistir a las más enervantes tentaciones.
Desgraciadamente, es difícil aprehender con seguridad a nuestro país. Hay que darlo por presente en las meras palabras que lo denominan o en los símbolos que lo alegorizan.
O ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y lo corrompido esa materia finísima, impalpable casi e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad.
Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera.
Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario.
Extranjero es una gran parte del capital hipotecario y extranjeros son en increíble proporción los accionistas de las sociedades anónimas. Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo.
Rechazamos ese optimismo como una complicidad más, tramada en contra del país. El disimulo de los males que nos asuelan es una puerta de escape que se abre a una vía que termina en la prevariación, porque ese optimismo falaz oculta un descreimiento que es criminal en los hombres dirigentes: el descreimiento en las reservas intelectuales, morales y espirituales del pueblo argentino. No es un impulso moral el que anima estas palabras. Es un impulso político.
Cuando los estados Unidos de Norte América se erigieron en nación independiente, Inglaterra, vencida, parecía hundirse en la categoría oscura de una nación de segundo orden, y fue la energía ejemplar de William Pitt la salvadora de su prestigio y de su temple.
Decía Pitt: "Examinemos lo que aún nos queda con un coraje viril y resoluto. Los quebrantos de los individuos y de los reinos quedan reparados en más de la mitad cuando se los enfrenta abiertamnete y se los estudia con decidida verdad". Ésa es la norma de este libro.
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Historia Argentina; Raúl Scalabrini Ortiz
PUEBLO Y EJERCITO
Por Alberto Buela
Al hablar de la relación entre pueblo y ejército tenemos que comenzar a hacerlo a partir del origen popular de nuestro ejército, de esa vinculación íntima entre estas dos realidades, que desde el punto de vista del pensamiento nacional, son indivisibles.
No olvidemos que la partida de nacimiento del ejercito argentino es cuando el pueblo criollo se alza en armas y se constituye en milicias contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Posteriormente en 1812 el general San Martín es quien crea el programa político del primer ejercito patrio. De modo tal que el ejército surgió por imperativo de la guerra antes que como institución militar.
Así tanto los soldados, suboficiales y oficiales de los ejércitos libertadores, como los de las milicias montoneras provincianas y hasta el ejército ya rentado de Roca eran hombres del pueblo.
Con la caída de Rosas en 1852 pero sobre todo después de Pavón donde se extinguió el viejo ejército de la Confederación con Mitre y su sucesor Sarmiento, cuando las leyes del libre cambio permitieron la penetración de la industria europea y la destrucción de la nacional, una multitud de trabajadores criollos quedaron sin ocupación y al no poder realizar sus oficios ingresaron en el ejército a sueldo del Estado.
Esa imbricación entre pueblo y ejército la podemos pintar en una anécdota relatada por Juan Agustín García (1862-1923): En uno de los primeros actos de egresados del Colegio Militar, fundado por Sarmiento, un joven oficial observa a un colega mayor a quienes todos llaman “coronel” pero que no tiene ese empaque castrense de los nuevos egresados, por lo que lo interroga: ¿de qué arma es Ud. coronel? .
A lo que el viejo soldado responde: ¿Arma yo?. De la que raye. Hasta las boleadoras no pare de contar. Esta es la relación intrínseca originaria entre pueblo y ejército, y cuando se rompió esta relación se produjeron los grandes descalabros sociales y políticos que vivió la Argentina durante el siglo XX.
Es que el gravísimo error del nacionalismo golpista en el siglo recién terminado fue que olvidó la lección de la historia según la cual el orden militar no ha sido, no es, ni será nunca, sino una parte del orden civil o político. Y este orden político está signado en Nuestra América por la voluntad de los pueblos, a pesar de la utilización o instrumentación que de ese mismo pueblo hacen muchas veces los poderes indirectos, masmediáticos y financieros.
Así, los vicios de la política no radican en el pueblo, sino en los dirigentes políticos por defecto de su formación cultural e ideológica.
Se aplica aquí el dicho: La culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer. Vemos como los conceptos de pueblo y ejército son relativos uno al otro.
En filosofía cuando se habla de términos relativos se quiere significar que uno depende del otro para existir, para tener sentido. Así padre e hijo o derecha e izquierda o alto y bajo son términos relativos, pues el padre siempre lo es de un hijo y un hijo de un padre. De igual manera pasa con los conceptos de pueblo y ejército. De ahí que Perón con ese saber militar y popular que lo caracterizaba sostuviera al final de su último gran trabajo El Modelo Argentino: “Las fuerzas armadas deben integrarse estrecha y realmente con el pueblo del cual se nutren y a quien se deben”. (1)
Es indudable y no podemos obviar la historia política reciente de Argentina y la función espuria que le cupo al ejercito como opresor en la última dictadura militar del 76 al 83, pero ello no invalida la tesis de esta ponencia: No puede haber auténtica y duradera liberación de los pueblos hispanoamericanos sin un ejército comprometido en la misma. La liberación civil no alcanza sino se cuenta con el apoyo y la participación del ejército que, a esta altura de la historia de Iberoamérica, ha pasado a ser un órgano del Estado.
En otros palabras, la liberación política es condición necesaria pero no suficiente para la consolidación de la verdadera liberación nacional de nuestros pueblos de Suramérica, se necesita el ejercito participando. Es que la relación entre pueblo y ejercito en nuestros países dependientes no es una relación cultural, sobre la que se puede hablar y discutir al modo de las sociedades satisfechas al estilo de la izquierda caviar o los campus universitarios norteamericanos.
No. Es una relación de poder, que funda poder y que trata sobre el poder. Por eso este tipo de temáticas son inmediatamente demonizadas por izquierda y por derecha. ¿Y cómo se alcanza hoy día esa liberación? ¿cuál debería ser la función prioritaria del ejercito?.
Hace ya muchos años ese gran pensador nacional que fue Arturo Jauretche sostenía en su libro Ejército y Política, que la misión del ejército es pensar en términos de grandeza y no ser arrastrado por la política de las instituciones de los doctores de unitarismo, que pone el acento en la institucionalidad, en las formas. (Cfr. pág. 30 y 53).
Cuento un ejemplo que viví en estos últimos días. Viajé a Jujuy a dictar unas conferencias a la juventud peronista y me llevé las pilchas de paisano para desfilar en Bolivia el 7 de noviembre por la batalla de Suipacha. En ese mismo acto el Comandante argentino hizo entrega de material rodante por parte de nuestro ejército a su par boliviano. Y habló del compromiso visceral de nuestro ejercito en la construcción de la Patria Grande suramericana.
Esto es pensar en términos de grandeza como proponía Jaruretche. El grave inconveniente de este tipo de acciones es que no deben quedar limitadas al hecho filantrópico de ayuda al necesitado sino responder a una estrategia militar surcontinental. La política de patria chica, la política institucional del ejército argentino permitió las disgregaciones oriental, altoperuana y paraguaya.
Por el contrario, la política de patria grande, de grandeza, debe buscar la reintegración de las mismas. Teniendo en claro que no es cuestión de anexar sino de intentar la reintegración natural dentro de la común Confederación de las provincias unidas de América del sur.
En un segundo momento podemos pensar al ejército en términos de grandeza como gestor de desarrollo y progreso ante la inexistencia de una industria nacional como sucedió con los generales Manuel Savio, Enrique Mosconi y Alonso Baldrich, tal como lo relata José Yelpo en su libro Ejército, política, quien citando al capitán Diego E. Perkins(1941) afirma: “El progreso y el porvenir de la patria se asientan en la perfecta armonía de las dos grandes entidades que lo constituyen: Ejército y Pueblo....El ejército no es otra cosa, ni representa otra cosa, que la potencia visible de su propio pueblo” (pág. 89 y 90).
Y en esta imbricación se funda la tarea nacionalizadora que el ejército cumplió con creces en el Chaco, Formosa, La Pampa , los Andes y que hoy debe continuar en los grandes espacios despoblados como nuestra Patagonia y la Antártida.
Finalmente, en tercer lugar, en términos de grandeza el ejército se piensa como instrumento para la liberación nacional como ocurrió durante las presidencias de Juan Domingo Perón, y como ocurre hoy en la república hermana de Venezuela. Esta liberación nacional hoy no se puede pensar limitada a la Argentina , Bolivia o Venezuela, a “paisitos aislados”, hoy no queda otra posibilidad ante el debilitamiento paulatino pero creciente de los Estado-nación de pensar la liberación en términos regionales, continentales decía Perón, y así nuestros ejércitos respectivos tienen que pensar ya en unas fuerzas armadas de carácter suramericano. Esta “isla continente” con 330 millones de habitantes, 50.000 km . de vías navegables, el 30% de las reservas de agua dulce del planeta, que posee todos los minerales estratégicos del siglo XIX, con un área de 18 millones de km. cuadrados que es el doble de Europa y el doble de los Estados Unidos.
Es que la América de Sur tiene que pensarse como una unidad geopolítica con sentido propio.
Y esto que afirmamos hoy nosotros y que venimos sosteniendo desde el movimiento obrero de la época de “ la CGT que lucha”(2000) a través de la “Teoría del Rombo”, ya lo vislumbró hace un siglo en la Real Sociedad Geográfica de Londres, Halford Mackinder, el más influyente impulsor de la geopolítica en Gran Bretaña y EE.UU, cuando dijo: “El desarrollo de las vastas posibilidades de Suramérica podría tener una influencia decisiva en el sistema de la geopolítica mundial”. Está en los ejércitos y en las fuerzas armadas suramericanas avanzar en la consolidación de este gran espacio. En estos días (2) Brasil, a través del El Núcleo de Asuntos Estratégicos (NAE), que asesora al presidente brasileño Lula da Silva, elabora una propuesta de creación de una fuerza militar única para Suramérica, al estilo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), según anunció el coordinador del organismo, coronel Oswaldo Oliva Neto. “ Los objetivos de esta OTAN sudamericana serían tres.
En primer término, defender los vastos recursos naturales que dispone la zona.
En segundo término, disuadir cualquier intento foráneo por intervenir en forma directa en el Cono Sur. Y en tercer término, distender las relaciones entre las propias naciones de nuestra región”. Por su parte el presidente Chávez en julio(2006) pasado propuso crear unas fuerzas amadas comunes pero limitadas a los cinco miembros del Mercosur.
La diferencia con el proyecto brasileño es que habló de “fuerzas armadas comunes y fusionadas” y no de fuerzas armadas al estilo de la OTAN , tal como propone el Brasil. Esta distinción es sumamente importante pues las fuerzas armadas fusionadas y comunes a todos los miembros( algo imposible de lograr sino es sobre la base de una Comunidad o Confederación de naciones) evitarían el manejo político ideológico, desde los centros mundiales de poder, tal como ocurrió con las fuerzas de la OTAN en los casos recientes de la ex Yugoslavia y de la primera guerra de Irak.
En cuanto a la estrategia suramericana se tornaría forzosamente común y cada uno de nuestros diez países jugaría la función para la que geopolíticamente está más dispuesto y donde tiene ventajas comparativas sobre el resto. Así Venezuela jugaría su función de “engranaje” como sostiene el presidente Chávez, Brasil con su proyección africana, Colombia su “bioceaneidad”, Perú. Ecuador, Bolivia y Paraguay su protección del “heartland” o corazón continental; Argentina, Chile y Uruguay su tendencia natural tanto al Atlántico y el Pacífico sur, como así también, a la Antártida que no puede ser otra cosa mas que una Antártida Suramericana que es la que corresponde casi exactamente al cuadrante homónimo.
Esto es brevemente lo que quisimos decir desde acá, desde la casa de los trabajadores. Más no queremos ni podemos decir, porque estos son temas muy delicados y reservados.
No olvidemos que detrás de toda gran política siempre hay un arcano y no es nuestra función revelarlo a nuestros enemigos históricos. Aquellos que aún ocupan nuestro territorio americano como en Belice, Malvinas, Aruba, Martinica y tantos otros enclaves estratégicos; que manejan nuestras instituciones políticas y financieras a través de los poderes indirectos, aquellos, en definitiva, para quienes todo lo que proviene de la ecúmene indoibérica es algo menor, mostrenco e incompleto.
Nada más y muchas gracias.
(1) Perón, Juan: Modelo Argentino para el proyecto nacional, B.C.N., Buenos Aires, 2005, p. 371.- (2) Es el especialista en geopolítica suramericana y miembro del CEES, el investigador Carlos Pereyra Mele, quien nos provee de tan valiosa y actual información.
Bibliografía:
JAURETCHE, Arturo: Ejercito y política, Peña Lillo, Buenos Aires, 1958
YELPO, José: Ejercito, política, proyecto alternativo: 1920-1943, Guardia Nacional, Buenos Aires,
RAMOS, Jorge Aberardo: Historia política del ejercito argentino, La Siringa , Buenos, La Siringa , 195 SANCHEZ SORONDO, Marcelo: La argentina por dentro (cap. 29 al 33), Sudamericana, Buenos Aires, 1987
AUN ES POSIBLE LA SALVACION
"AUN ES POSIBLE LA SALVACIÓN"
La Reconquista de nuestro suelo usurpado por el pirata británico, que tuvo lugar antes de que fueramos formalmente Nación, es una de las grandes epopeyas protagonizadas por los soldados criollos. Se explica que el sistema demoliberal que nos esclaviza tampoco tenga "nada que festejar" el 12 de agosto, puesto que él fue instaurado precisamente por el imperialismo inglés en Caseros, mediante los buenos oficios de los cipayos brasileños y argentinos.
Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 revelaron cual era nuestro verdadero enemigo, poniendo de manifiesto, asimismo, la calidad superior de la sangre criolla, su heroísmo y nobleza.
En esas trágicas circunstancias el pueblo supo alzarse virilmente frente al invasor extranjero, pirata y hereje, venciéndolo en forma rotunda en ambas ocasiones.
Entonces quedó ya en evidencia quénes eran los verdaderos defensores del suelo patrio: Moreno -el fiel testaferro de los invasores- no peleó, desde luego, dedicándose a llorar, según dijo y, en cambio, don Juan Manuel de Rosas, que contaba sólo trece años, capitaneando a un grupo de condiscípulos combatió al lado del Héroe de la Reconquista, don Santiago de Liniers, en la gloriosa jornada del 12 de Agosto de 1806 (siendo felicitado sus padres por aquél debido a que el adolescente soldado actuó con una "bravura digna de la causa que defendía") y al año siguiente, en el cuerpo de Migueletes de caballería, luchó los días 5 y 6 de julio hasta que se rindió el general Whitelocke, comandante de los invasores. También en esta ocasión su conducta mereció elogios de Juan Miguens y del Alcalde de primero voto Martín de Alzaga, uno de los principales actores de la hazaña.
El ejemplo magnífico de estas heróicas empresas, pone claramente ante nuestros ojos el camino a seguir: cuando el pueblo está férreamente unido en torno a las sagradas banderas de su Fe y de su Libertad, dispuesto a morir antes que permitir que los gringos las profanen, es invencible.
Las triunfales compañas criollas contra los filibusteros ingleses no fueron un sueño sino una sublime realidad. Pese al deshonroso 14 de junio, el 2 de abril de 1982 nos prueba que no ha muerto el espíritu de Liniers, de Alzaga y de Rosas así como el de los aguerridos combatientes criollos, que hicieron hocicar y morder el polvo de la derrota al invasor británico. El enemigo sigue siendo el mismo, sólo que ahora tiene su cuartel general, además de Londres, en Wall Street y en Moscú.
También como ayer es controlado por la francmasonería, que es la que maneja los hilos del poder mundial. Pero cuenta únicamente con las fuerzas de la materia y del dinero y con el auxilio de los bastardos "argentinos" que le sirven de alcahuetes. Aun es posible la salvación !
Hoy como ayer, para aplastar a sus opresores, el pueblo espera ser acaudillado por sus auténticos representantes.
Por eso, el Movimiento Nacionalista Social llama a la movilización general de todos los patriotas, de todos los que se sienten consustanciados con el espíritu y la sangre criolla. Debemos abatir de una buena vez este sistema nefasto y tiránico, que no es ni gobierno del pueblo ni gobierno argentino,
SINO EL GOBIERNO DEL IMPERIALISMO EXTRANJERO A TRAVES DE SUS EMPLEADOS.
Hay que utilizar las armas legales del sistema colonial que nos subyuga, del mismo modo que lo hicieron nuestros padres con el aceite hirviendo, las piedras y la pólvora. No hay poder extranjero que resista el empuje de un pueblo que lucha por su Libertad ! Argentina vencerá !
Federico Rivanera Carles
(Extractado de EL ATAQUE, Año 2, No. 9, p. 1 - Buenos Aires, 8 de agosto de 1986)
(Extractado de EL ATAQUE, Año 2, No. 9, p. 1 - Buenos Aires, 8 de agosto de 1986)
JACINTO LACEBRON GUZMAN
Por Hernán Capizzano.
"Ahora estoy en las trincheras
dando la cara a la muerte,
si caigo, sólo lo siento,madrecita de mi alma,
porque no volveré a verte.
Pero se que si me matan,
en la tierra en que yo muera,
se alzará como una espiga,
¡¡roja y negra!!
con la pólvora y la sangre, mi bandera."
En el derrotero del nacionalismo argentino los años que van de 1930 a 1945 son los más ricos en cuanto a su crecimiento, desarrollo, producción intelectual, engrosamiento de sus filas, etc. Un verdadero movimiento que pugnaba por ser encauzado y lograr la unidad de sus numerosos matices, de su conducción y de su acción.
Y son precisamente los años en que la sangre se derramó con mayor generosidad. Se consideró al joven Lacebrón Guzmán como el primer caído del movimiento, pero otros lo habían precedido, aunque no se los honró debido a que, o no eran de nacionalidad argentina o bien adscribían a grupos que todavía no se habían afianzado dentro de sus filas.
Nació en la ciudad de Mendoza, el 17 de agosto de 1914, día en que se recuerda a San Jacinto y día en que se conmemora al Libertador General San Martín. Todo pareciera indicar que las cosas de Dios y de la Patria estuvieron presentes desde su primer álito de vida. Una pedagogía por algunos resistida: no hay Dios sin Patria, y está se desangra sino está Dios como fundamento. Y no cabe duda de que Lacebrón llevó muy dentro suyo estos pilares, tan encarnados que en su defensa conoció la muerte.
Su padre era don Modesto Lacebrón y su madre doña Rafaela Guzmán. Ambos tuvieron otro hijo nacido en 1916 al que llamaron Tomás. Jovencísimo acompañó los restos mortales de su hermano con el propio uniforme del grupo donde ambos militaran. Más tarde ingresaría al Ejército.
Jacinto cursó sus estudios primarios en su ciudad natal y luego ingresó en la Escuela Normal Nacional egresando en 1932 con el título de maestro. Tenía 18 años y decidió viajar a Buenos Aires para ingresar en la Facultad de Derecho. En 1934, luego de asentarse durante un año en el Uruguay, vuelve a Buenos Aires para reiniciar los estudios. Junto a su hermano se alistará en un nuevo grupo surgido a fines del año anterior: la “Legión Nacionalista”.
Las crónicas postmortem lo señalan bajo un aspecto épico y sacrificado, “... la flor del Cuyo altivo; a su edad, cuando el todo llama junto a la vida fácil, él la desdeña y se somete; obedeciendo a un sublime mandato a la disciplina férrea pero noble de la valiente Legión Nacionalista. Una misión se impone; ha de dar todo por ella sin reclamar nada, y todo lo da...”[1].
Jacinto ocupó variadas actividades en su Legión Nacionalista. Había practicado dotes de orador, pues en aquellos tiempos las tarimas de prédica y combate podían alzarse en cualquier esquina céntrica o de arrabal. En más de una ocasión fue uno de los oradores, y en otras ejerció tareas de milicia. En efecto, también formó en los grupos especiales con que todos los sectores políticos solían contar. El pacifismo a ultranza estaba muy lejos y más bien se respiraba la realidad cotidiana de las pasiones, la lucha y la conquista de espacios.
Pero su muerte no se produce en ninguno de aquellos escenarios. Lo tomó sin prevenciones especiales, aunque no por sorpresa. En realidad la militancia de calle conocía de los peligros y las sorpresas no existían.
Fue el 15 de septiembre de 1934, vísperas del Congreso Eucarístico Internacional, muy cerca precisamente de donde se alzara la gran cruz que dominó las ceremonias. No fue en busca de la aventura, de la violencia por la violencia misma, ni siquiera para medirse ante el resto. No, fue sencillamente en defensa de dos hombres que atacados por una horda comunista se hallaban en inferioridad de condiciones. La nobleza de su alma no pudo resistir tal imagen. No importa quienes eran los agredidos, ni siquiera el número de sus atacantes. No lo arredró la fiera imagen de los victimarios. Pero cuando se lanzó a la lucha un impacto de bala lo echó en tierra.
Horas más tarde fallecía con todos los auxilios espirituales. Todo el movimiento lo invocó, lo homenajeó y llevó a pulso. No se lo lloró, se lo envidió. Tal la mística de aquellos luchadores.
ARGENTINA AZUL Y BLANCA
"Y si al fin mueres por ella, ella será tu mortaja.Tu cuerpo descansará en los brazos de la Patria, porque te juro hijo mío, Argentina está completa en la enseña azul y blanca"
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