lunes, 21 de noviembre de 2011

LAS CANCIONES DE MILITIS

Prólogo de Rubén Calderón Bouchet

Una reflexión introductoria a un libro del padre Castellani es una faena complicada. La misma complejidad del autor, dentro de su aparente facilidad, la variedad de sus registrosliterarios y la hondura de su pensamiento, obligan a sostener una atención delicada para percibir los múltiples matices de una obra tan rica. Sí Castellani se hubiera hecho conocer alpúblico argentino con una herejía de su invención, su éxito entre los gustadores de novedadesestaría asegurado y no habría aficionado a la literatura de vanguardia que no hubieraintentado descifrar su mensaje.


Lo terriblemente difícil de Castellani es su perfecta ortodoxia y el sano equilibrio de su inteligencia, que le enajenan, desde el vamos, la aparatosa propaganda de los buscadores de rarezas psíquicas y de todos los dialécticos al servicio de la descomposición. Un autor sano, el más sano de los escritores argentinos, con una salud auténtica y armoniosa y al mismo tiempo original, lleno de esa franqueza varonil que hace que la máspura doctrina de la Iglesia, al transitar los senderos de su espíritu, nos llegue perfumada conel aroma de los campos santafesinos, tan bien recordados en sus nostalgias camperas y tanpresentes siempre en la ancha generosidad de su límpida mirada.
Castellani es un teólogo en el sentido cabal del término, uno de esos que, sin ser domínico,ha hecho suyo el lema de aquella orden: “contemplari et contemplata aliis trajere”. Si esto nofuera mucho latín para nosotros, no tendríamos necesidad de añadir, para los más legos, que el fruto de la contemplación debe ser volcado sobre los otros de una manera capaz de llegar asu entendimiento. Esto último no está en la frase latina, pero si hay algo que distingue a Castellani de los otros doctores en Sagrada Ciencia es su idoneidad para hacerse entender y provocar en lainteligencia un movimiento de profundo goce intelectual, sostenido por dos estímulos aparentemente antagónicos: el descubrimiento de la verdad y la asombrosa comprobación dela insignificancia de las mentiras que la ocultaban.
 Repetimos que Castellani es ante todo un teólogo; confirman este juicio no solamente sustrabajos teológicos, sino aquellos, en apariencia desligados de la faena sacerdotal, como Las Canciones de Militis, pero que revelan la permanente confrontación de un saber deinspiración teológica con los acontecimientos más o menos triviales del tráfico periodístico.

Un teólogo es todo lo contrario de un profesional de las ideas, de un ideólogo para decirlo con la fea palabra en boga. La época clásica conoció al filósofo y al sofista; y la distinciónentre una y otra actitud humana fue definitivamente establecida por Platón y Aristóteles. El sofista, dejando de lado toda consideración peyorativa, era un profesional de la inteligencia, y su trato con las ideas lo convertía, en el mejor de los casos, en una suerte de científico capazde aportar, a quien se lo pidiera, un conocimiento más o menos riguroso sobre determinadosaspectos de la realidad.

 El filósofo en cambio era, a la manera griega, un teólogo, porque supreocupación principal fue la búsqueda del ontos , de lo que verdaderamente es ente, en elsentido egregio y divino del vocablo. La preocupación de la sofística era técnica y profesional;la del filósofo, religiosa. 
La Cristiandad, en su período áureo, conoció la prelacía intelectual del teólogo. Éste era el hombre que frecuentaba la Palabra de Dios y que desde ese saber revelado tendía su mirada sobre la realidad para descubrir la íntima conexión existente entre la criatura y su Creador.
La perspectiva divina, el punto de vista de Dios sobre el mundo, dominaba el horizonteintelectual del teólogo. En ese sentido el cristiano difería del griego, porque este último buscaba el centro divino para orientar su vida a la luz de la razón, mientras el cristiano teníapor fe el conocimiento de las verdades reveladas. Y desde ese seguro centro partía suinteligencia para penetrar mejor en el sentido de la Palabra y descubrir el secreto de nuestrasrealidades cotidianas. 

El ideólogo nace en la Cristiandad cuando la contemplación pierde su valor trascendente y el hombre vuelca sobre el mundo una mirada totalmente poseída por la libido dominandi . La realidad ha dejado de ser un sacramentum y se ha convertido en un vasto campo dondedesplegar la actividad económica.

La prelacía de lo teórico supone la aceptación de un orden creado por la Inteligencia Divina y que el hombre sólo puede conocer en actitud contemplativa.La speculatio cristiana nace de este reconocimiento. La praxis , en el sentido clásico deltérmino, es posible si el hombre acepta los datos objetivos de un orden metafísico y otronatural, ofrecidos por Dios para que los tome en cuenta y realice su perfección. Conocer , en el sentido cristiano, es ante todo contemplar y luego obrar en orden a lo contemplado. Esta simbiosis de teoría y práctica no esperó el advenimiento al mundo de Carlos Marxpara ser realizada; todo lo contrario. Marx confundirá la praxis con la poiésis y desde esaconfusión, cuando habla de relaciones entre teória y práctica, hablará, en verdad, de dosmomentos de la tarea productiva: el proyecto intelectual de una obra y su realización efectiva.

Pero volvamos a la armonía cristiana de ambos órdenes y a la ruptura de ese equilibrio provocada por el despertar de una fría voluntad de dominio, de esa concupiscencia que arrojará al hombre de nuestra civilización en primer lugar sobre el mundo físico y luego sobre el hombre mismo, para ejercer sobre él ese afán de suplantar a Dios en la ordenación de su vida.
Marx llamó praxis a esa acción transformadora que, por su índole, pertenece mejor aldominio de esa actividad llamada por Aristóteles poiésis . Esta visión de una realidad enconstante proceso de transformación, y cuyo principal demiurgo fuera el hombre mismo, espropia del pensamiento moderno, y halló en Hegel su ideólogo más egregio. P ero el ocaso de la Cristiandad medieval, dentro de los intereses todavía impregnados decristianismo, comienza a conocer esa posibilidad en la idea que se hacen de Dios sus teólogos más notables, porque al poner la Voluntad Divina sobre la Divina Inteligencia abren loscaminos de las primeras ideologías y éstas pusieron los conocimientos teológicos al serviciode los poderes temporales.

 Un ideólogo es un pensador para quíen el trabajo de la inteligencia tiene sentido si de antemano lo somete a un proyecto de acción productiva. El ideólogo no contempla, porque no hay nada que contemplar; sea porque Dios es Voluntad Omnímoda y sólo interesa conocersus designios, o porque el hombre es único ejecutor consciente del proceso por el cual elmundo se realiza a sí mismo. La tarea del ideólogo es la invención del programa por el quedebe regirse la producción en serie del “nuevo hombre”. A esto, Marx, con negligente descuido del griego, lo llamó primacía de lo práctico sobre lo teórico. En verdad se trata de la superioridad que, en orden a la fabricación, tiene el productosobre su simple condición de proyecto.
En última instancia, el proyectista debe someter suengendro al ingeniero, encargado de pronunciar su viabilidad. El ideólogo es el intelectual al servicio del Poder.

No interesa que ese poder tenga el carácter conservador o revolucionario. Para quien no vive borracho con la retórica socialista, el poder es siempre oligárquico, salvo que sea cristiano y reconozca todos los límites señalados por Dios a sus claros contempladores. Castellani es nuestro teólogo y también nuestro profeta; y no porque haya convocado lacólera divina en ocasión de alguna calamidad pública. 

Su carisma suele contentarse con laspequeñas catástrofes de nuestra vida cotidiana: un decreto ministerial imbécil, las fiestasescolares o algo tan absolutamente mediocre como los libros de texto. Basta que el teólogo mire el hecho para que éste vaya a ubicarse ante los ojos de Dios en su miserable perfidia laicista y, de rebote, recibamos el soplo vivo de la verdad negada.


En alguna oportunidad, Jean Cocteau, que era algo loco pero no tonto, dijo que seaproximaba el día en que los imbéciles tomarían lapiceras y se pondrían a escribir. No era eltemor de un sabio que ve a Satanás empujando a los tarados, pero sí el de un esteta que veíala depreciación de la inteligencia provocada por dos terribles fuerzas convergentes: la aristofobia de los mediocres y el criterio puramente económico del negocio editorial. Cuando Castellani escribió un par de páginas sobre los “medioletrados” , sabía algo más que Cocteau. 
Sabía que nuestra sociedad no tiene doctores porque ha perdido la Doctrina y añorael tiempo en que los repetidores llevaban hasta los alumnos, con temblor y temor , la enseñanza de los maestros. La pérdida del Magisterio ha provocado la inflación de lossemiletrados y con ella su corrupción. Mientras el repetidor tiene la certeza de transmitir una doctrina impartida por una institución de origen divino, siente con respeto su papel demediador; pero, cuando la pierde, se cree convocado a suplir una función por encima de sus posibilidades reales. Recordemos que el orgullo no es privilegio de los autores de grandescatástrofes históricas y menos en esta época en que toma un matiz decididamente colectivo.

Cualquier representante de la masa y, precisamente, en tanto representante de ella, se sienteposeído de una capacidad para cambiarlo todo, que no tuvieron Atila ni Napoleón en susmejores momentos. Las canciones de Militis tienen su primera originalidad en que no son canciones, pero a sumodo cantan sus cuatro verdades a la clase dirigente de nuestro país. El título parece nacidode uno de esos juegos paradojales que tanto gustan a Castellani. Para los raffinés recuerda eltítulo del libro de Pierre Louys; Les chansons de Bilitis en una contraposición traviesa.¿Qué tienen que ver las licenciosas ocurrencias del poeta francés, con esa viril defensa denuestras condiciones de salud? Militis habla de militancia y en un país donde la Iglesia se declaró dimitente desde la Independencia, esta convocación militar de Castellani era un desafío a la mediocridad espiritual de nuestro sacerdocio. Había que recordar que sano y santo tienen la misma raíz; y que para ser santo no bastaponer cara de estampita, ni ganar el campeonato de asistencia al rosario. 
Castellani le hace decir al padre Brochero, dirigiéndose a Meinvielle: “Hay que ser santo al mismo tiempo,haciéndose santo en el mientras, porque en el camino, usté saba, se acomodan las cargas, y el que quiere volverse santo primero de ponerse a servir a Cristo, con la pobre y perra almallena de pasiones que uno tiene, ése no llegó a santo nunca”. No está en mis funciones distribuir beatitudes o inaugurar reputaciones eternas. Sólopuedo decir que “con su rica y perra alma llena de pasiones” Castellani es uno de los miembros más vivos de nuestra iglesia militante, y comenzó por dar testimonio de su fe, haste en “La Nación diario” , si mal no recuerdo, y en un país donde ser católico, de puro obvio,estaba totalmente olvidado. 

 Y aquí viene la parte si se quiere un poco personal de este prólogo. Leí a Castellani apena shabía pasado los veinte años y no tenía ninguna formación religiosa. Me llamó la atención, y lo digo con vergüenza, la calidad intelectual de su trabajo. En el mundo de semiletrados al que pertenecía, un sacerdote inteligente era inconcebible, y en el mejor de los casos se teníaderecho a sospechar que no creería en todas las pavadas con que la Iglesia mantenía lailusión de su rebaño de beatas. Un esfuerzo suplementario exigido a un instinto todavía no estropeado por mi condición de bachiller podía hacerme admitir en un cura una inteligencia más o menos profunda encuestiones astronómicas o de alguna otra índole un tanto estrafalaria en nuestras costumbres,pero no cabía en mi calatre la calidad del saber de Castellani y su humor para tomar a bromala totalidad de mis dogmas laicos. 

Sin embargo, fue precisamente su vena humorística la que me conquistó enseguida; y comome hacía reír, me aficione a leerlo. No quería confesar mi debilidad; y el amigo que me sirvió de puente, quizá con el santo propósito de enredarme en alguna intriga clerical, obtuvo de mí un pedido desdeñoso que apenas ocultaba el vicio adquirido: “¿No tenés alguna otra cosa delcura ése?”. Ésa fue mi perdición. Era un pagano feliz, totalmente irresponsable y cínico, y terminé confesándome, comulgando y suscribiéndome a la Suma Teológica que Castellani habíacomenzado a editar con sus sabrosas notas al pie. 

El Club de Lectores tardó tanto tiempo enconcluirla, que cuando al final salió, yo había aprendido a leer el texto de Santo Tomás en su versión latina y sabe Dios el trabajo que me costó. No soy literato; un análisis, con todos los recaudos del género, sobre el estilo de Castellani, no me tienta.Pienso con D’Annunzio que la anatomía presupone el cadáver; y tanto las paradojas como esos saltos de humor que se encuentran siempre en la prosa de Castellani forman parte de su ritmo vital y están tan íntimamente ligados a su personalidad, como pueden estarlo los gestos y las inflexiones de la voz.

 Estas Las canciones de Militis, ofrecidas en un tono aparentemente ligero, revelan una dimensión de nuestra realidad social, que sólo el ojo avezado de un fino observador podía percibir. Pero no era suficiente la sagacidad puramente humana para descubrir la orfandad religiosa de nuestro país. 

Se necesitaba la íntima delicadeza de un hombre de oración para penetrar la hondura de nuestros defectos y palpar el sitio exacto donde duele la ausencia deDios. No es siempre fácil advertir la profundidad de Castellani. 
El primer encuentro con uno de sus libros se realiza en la superficie de un estilo chispeante e irónico, como si el hombre tuviera el pudor de mostrarse en la plenitud de sus recursos espirituales. Pero una vez atravesada la corteza de sus bromas, observamos que la cosa va en serio y muchas veces, ¡ a qué hondura! 
Si yo dijera que su comentario sobre el Apocalipsis es lo más profundo que se ha escrito sobre el tema, se podría atribuir el énfasis de la afirmación a pura ignorancia pueblerina. Pero he oído idéntico juicio de la boca de personas mucho más doctas y con una formación menos casera que la mía. Comentar el Apocalipsis y hacer de esa profecía una exégesis tan viva nosólo requiere ciencia teológica, sino también oración, vida religiosa auténtica y una capacidadde visión en adecuada consonancia con la del libro. 

No profetiza quien quiere sino quien puede. Comprender la narración del Apocalepta es profetizar. Sobre este tema cierro el comentario. En este país tan poco visitado por el Espíritu, Castellani resulta un brote extraño, una figura para la provocación y el escándalo, un remedio demasiado fuerte para nuestros organismos debilitados; y no es nada difícil encontrar, a propósito de su personalidad, las opiniones más variadas. 

Con todo, supo hacerse oír y se lo oyó. Pocos pueden imitarlo; y diría que, literariamente,es mejor que no se intente hacerlo. Su estilo es único y no se presta para la emulación; pero esto no significa que no haya hecho discípulos. He hallado lectores de Castellani en losrincones más inesperados y –lo que quizá sea más grande- entre gente que no tiene la lectura por oficio. Y estos lectores no eran amigos de buscar entretenimientos fáciles, sino hombres que hallaron en sus libros razones para confirmar una fe que vacilaba y el sentimiento de estarsosteniendo verdades capaces de resistir con éxito el ataque de esas viejas herejías que se llaman ideas nuevas. 

Todas estas razones, nacidas al calor de una noble admiración, me han llevado a aceptar la confección de este prólogo que no es un elogio, ni una introducción, ni un estudio crítico, sino el simple y agradecido reconocimiento de una profunda deuda espiritual. 


Mendoza, 4 de julio de 1973.

jueves, 8 de septiembre de 2011

JORDAN BRUNO GENTA: DISCURSO A LOS MAESTROS ARGENTINOS



Fragmentos del discurso pronunciado por Jordán Bruno Genta el 1° de Agosto de 1944 en la inauguración de la Escuela Superior del Magisterio.


Maestras y maestros argentinos:

El principio de la soberanía nacional es exclusivo, porque fueron exclusivos de nuestra comunidad los sacrificios y merecimientos necesarios para conquistarla y sostenerla. Porque serán exclusivos de las generaciones presentes y venideras los sacrificios y merecimientos necesarios para que continúe existiendo sobre la tierra un linaje y un honor argentinos.

La soberanía nacional y exclusiva no sólo no es un  obstáculo, como pretende el pedagogo norteamericano Dewey, sino que  es la condición indispensable para la verdadera hermandad de los pueblos.

La soberanía nacional es "inmutable y eterna", ha dicho el primer ciudadano de la República. Es la ley fundamental de los pueblos libres, donde se refleja la justicia suprema de Dios; y ella no ha sido consagrada por el sufragio universal, sino por el sacrificio de la sangre y de los trabajos infinitos de los héroes de la nacionalidad y de las generaciones criollas que seguían libremente las banderas levantadas por sus caudillos.

Y bien, no sería razonable, no sería congruente, proclamar de este modo tan claro, limpio e inconfundible, el imperio de la Soberanía sobre todo lo nuestro, sobre todo lo que nos pertenece y dejar al mismo tiempo que un espíritu extranjero continúe dominando la formación  de nuestros educadores y, por ende, la educación de los niños y de los jóvenes argentinos.

Preciso es decirlo: la lucha decisiva contra la antipatria, la más resistida y enconada, es la que la Revolución Restauradora libra por la recuperación de la Escuela para la nacionalidad.

El liberalismo ateo y materialista, lo mismo que sus secuelas marxistas, manejan armas sutiles y emplean los infintos recursos de la deslealtad para sus fines. Incluso la buena voluntad y los mejores sentimientos pueden obrar y obran lo contrario de sus nobles designios, si la inteligencia está confundida y el equívoco domina. Lo que decide en la mentalidad que se ha estructurado en nuestra formación son los hábitos intelectuales adquiridos , las tablas de valores que ha ido decantando una larga y continuada influencia.

Por eso dice San Agustín: "que las prudencias son centinelas y ejercen una diligentísima vigilancia, para que no seamos engañados paulatinamente por una mala persuación que se introduce insensiblemente."

Obra del celo de estas prudencias es la Escuela Superior del Magisterio.

Maestras y maestros argentinos:

No dudamos, no podríamos dudar, de vuestro patriotismo; reconocemos y respetamos la labor abnegada de muchos de vosotros; pero es un deber perentorio superar la mentalidad que informa nuestras escuelas normales bajo la funesta influencia de la pedagogía extranjera, de los Spencer y de los Dewey.

Es urgente la rehabilitación de la inteligencia en el maestro normal por la disciplina metafísica y teológica que la restituya al hábito de Dios y de las esencias, a fin de que sepa distinguir, en todo, lo que es sustancial de lo que es espurio, lo que es eterno de lo que es transitorio; a fin de que sepa distinguir entre la verdadera libertad que nace de una difícil obediencia y las falsas libertades que nacen de la infidelidad y del abandono; a fin de que no confunda la mentida democracia que esclaviza al hombre a la masa con la genuina democracia que respeta la dignidad humana y cuida el florecimiento en la existencia de la esencial aristocracia del hombre, así como el imperio de la justicia que da a cada uno lo que merece.

Se trata de reemplazar la historia falsificada de los doctores liberales, antitradicional, antiheroica, que reniega de nuestros egregios orígenes hispánicos y que se fundamenta en un explícito o implícito materialismo histórico, por una historia verdadera, tradicional, heroica, orgullosa de sus orígenes y animada por la vocación de grandeza nacional con que entramos en la existencia soberana.

Se trata de infundir en el maestro normal la pasión de nuestra lengua castellana, a fin de confirmarlo en la veneración del genio de la estirpe y de que aprenda en los clásicos que la mejor poesía para niños es la más alta poesía, la de los grandes y verdaderos poetas.

Se trata de que el maestro asuma conciencia lúcida y fervorosa de todo lo que concierne a la defensa de nuestra soberanía, y que enseñe a sus niños que la escuela argentina antes prepara para saber en la hora precisa que para asegurar una vida tranquila y confortable; que el arado puede abrir el surco porque la espada vigila.

La pedagogía extranjera para uso de coloniales nos dice, con Spencer, que  el fin de la educación es, principalmente, "la conservación directa e indirecta del individuo". La pedagogía nacional para servir a la libertad argentina nos recuerda el deber del ciudadano en estos espléndidos versos del Padre Leonardo Castellani, inspirados por el gran poeta Péguy:


"Dichoso aquél que muere por su casa y su tierra.
Pero sin haber hecho dolo ni fuerza injusta,
Dichoso aquél que compra su tálamo de tierra,
Que compra con su sangre la cama eterna y justa.
Dichoso aquel que muere por la cosa solemne,
Aunque sea más chica que un granito de anís.
Dichoso aquel que muere para que siga indemne 
La vida de un niñito, la gloria de un país.
Dichoso aquel que muere por la Cosa Perenne,
Por un Santo Sepulcro, Dulcinea, Beatriz,
O por un sol en campo de color cielo y Lis."

ROBERTO DE LAFERRERE




Roberto de Laferrére   fue periodista, ensayista  y, sobre todo, militante político  del nacionalismo argentino, siendo uno de sus fundadores. Perteneciente a familia relacionada a las letras argentinas, supo ser activo, polémico e intransigente para con la antipatria.
Murió  el 31 de enero de 1963 y hoy publicamos el primer post recordativo, ésta vez reproduciendo la nota de época escrita por  Luis Soler Cañas para la Revista Cabildo a propósito de la aparición del libro de Carlos Ibarguren (h): "Roberto de Laferrere , periodismo, política e historia." Editorial Eudeba, 1970.

En el mencionado libro, el autor señala de su  biografiado lo siguiente: "Sus convicciones firmísimas las sostenía con pasión, a veces agresivamente, pero, en última instancia, más que las abstracciones de la inteligencia, contaban para él las calidades morales que ennoblecen a sus personas de carne y hueso: el honor, la altivez, el valor, la lealtad, la modestia, el desinterés."

Camarada Roberto de Laferrére:¡PRESENTE!




Por  Luis Soler Cañas.


Conocí a ROBERTO DE LAFERRERE en los ya lejanos años de “Cabildo” y de “Tribuna”, pero no tuve mayor trato con él entonces. El único recuerdo de ese tiempo me lo representa sentado en la sala aledaña al despacho de don LAUTARO DUROÑONA y VEDIA en compañía de FERNÁNDEZ UNSAIN que, al oírle decir unos versos no sé de quién exclamó algo así como: “Qué sorpresa, don ROBERTO…Yo creía que a usted no le gustaban los versos”. A lo que ROBERTO DE LAFERRERE sonriendo, le contestó, aproximadamente, pues no presume de textualidad mi flaquísima memoria: “Se equivoca. Me gustan mucho los versos.

 Los buenos claro está…” Y añadió una broma acerca de los que escribía FERNÁNDEZ UNSAIN, como significando que los estimaba entre los buenos. Mayor oportunidad tuve de trato cuando LAFERRERE presidió, por breve tiempo – creo que apenas unos meses – el Instituto de Investigaciones JUAN MANUEL DE ROSAS del que yo era secretario en ese momento, luego de la reorganización operada allá por 1950. Circunstancia ésta, dicha de paso, que CARLOS IBARGUREN (h) omite referir en el excelente libro que acaba de consagrar al director de “El Fortín”. (Carlos Ibarguren (h): Roberto de Laferrere, Eudeba, Buenos Aires, 1969). 

 Pero LAFERRERE, naturalmente, me era conocido, de nombre y por sus obras – léase “El Fortín” – desde muchos años antes. Creo, por lo poco que lo traté y por todo lo que de él leí, que era un talento naturalmente privilegiado. Era un escritor sin literatura, pero poseía una precisión y claridad conceptual que hacia substancioso cualquier artículo suyo, así fuera pergeñado a vuela pluma. Desgraciadamente privó en él una cierta indiferencia o mejor diría desgano ante las obras ante las obras que más de una vez concibió y que no llegó realmente a plasmar. Durante mucho tiempo creíamos que había terminado de redondear sus escritos acerca del MARTÍN FIERRO, pero IBARGUREN en su libro, cuyo apéndice recoge una conferencia sobre el tema pronunciado, precisamente, en el instituto rosista. Recuerdo que parte de su trabajo sobre el sentido político del poema hernandiano se publicó en “Sol y Luna” y que más tarde LAFERRERE comenzó a la reproducción del mismo en “El Fortín”, pero ignoro, pues tengo mi colección incompleta, si alcanzo a transcribirlo en su integridad. Creo que sería buena obra recoger esos escritos sobre MARTÍN FIERRO en un volumen, por separado. 

No estaría de más, si algún día se efectúa esa tarea de recopilación de artículos de los mejores periodistas que ha tenido el país que tan falta hace, compilar una selección de las piezas sobresalientes que pueden identificarse como de su pluma. A este respecto quiero decir que, si la memoria no me es fiel, algunos de sus artículos en “Tribuna” fueron firmados con el seudo de CRISTOBAL NAVARRO. Quizás algún memorioso pueda confirmar – o no – lo que digo. Uno de ellos trataba del “loco” SARMIENTO.

 El libro de IBARGUREN (h) dedica a LAFERRERE, escrito con cariño y creo, también, con algo más que los meros recuerdos, es ante todo un documento, inapreciable para conocer mejor y apreciar más cabalmente cómo fue, qué hizo y de qué manera pensó LAFERRERE en orden al país y a sus intereses fundamentales. Pero, asimismo, más estimable para que se profundice un poco en lo auténtica historia del nacionalismo argentino, cuyos origines se remontan a unos años antes de la la revolución de 1930, con lo cual, empero, no pudo identificárselo – y aquí la cuestión la aclara muy el autor -, como tampoco puede identificárselo con la mera germanofilia o ciertas proclividades “nazifascistas” que, si existieron, no lo fueron con la trascendencia y en la medida con que alguno sopinantes, ensayistas e historiadores, quieren asignarla. La historia del nacionalismo deberá hacerse algún día dando una visión total y, sobre total, discriminando dentro de lo que por tal se entendió en los diversos grupos, orientaciones, matices e individuos que le dieron mayor relieve y significación. Por lo general, quienes escriben desde “afuera” desde el nacionalismo – y a veces quienes lo hacen desde “adentro” – no ven ni sino lo que les interesa destacar. A mi me parece muy importante, en este sentido, el libro de IBARGUREN (h), porque establece una serie de hechos comprobables y documentables – y documentados – acerca la doctrina no sólo política sino igualmente social y económica de dicho movimiento. 

Yo me acerqué al nacionalismo en el despertar idealista de mis veinte años, cuando el mismo, allá por 1938 o 1939, comenzaba otra nueva etapa, caldeada por el influjo de la segunda guerra mundial, y que en lo interno llevaría al desenlace operado en el 45, fecha que, a su vez, en mi entender, marca otra etapa más en este proceso de agrupamientos, reagrupamientos y disgregaciones, a veces puramente personales, otras doctrinarias o de hecho, que jalonan su historia desde sus origines hasta el día de hoy. No conozco bien, en detalle, los primeros años del nacionalismo, pero es indudable que la lectura de este libro contribuirá a desvanecer más de una impresión o de un juicio equivocados – de buena o de mala fe – que andan corriendo impunemente y que dan una versión o antojadiza o falsa o en el mejor de los casos parcial, aunque generalizante. 

Señalo, por entender que son muy importantes en relación con este tema del nacionalismo, dos puntos que ya se encuentran en sus origines. Los relativos a la independencia económica del país y a la justicia social. IBARGUREN (h) aclara perfectamente aquí, por lo demás, cuáles fueron las conexiones del nacionalismo originario con el general URIBURU y, sobre todo, con la revolución triunfante del 30, luego neutralizada y desnaturalizada por obra de la infiltración conservadora. También se deslinda muy claramente al nacionalismo del conservadorismo, que muchos persisten en seguir identificando. Que había proximidades entre uno y otro, muy bien puede ser. Que algunos conservadores se sintiesen nacionalistas se identificasen como conservadores, es posible. Pero que conservadorismo y nacionalismo sean conceptos intercambiables, ecuaciones perfectas, es más difícil demostrarlo.

 Desde luego, en aquella década del 30 al 40, antes de mi aproximación al movimiento nacionalista, yo mismo participé de ese confusionismo que equívocamente identificada al nacionalismo con el conservadorismo. Era la creencia más popular. Ahora se insiste, no siempre a mi ver con entera justicia, en representar al nacionalismo con la levita oligárquica y la galera antidemocrática. El libro de IBARGUREN (h) es excelente, por más que haya juicios que uno no se siente inclinado a aceptar, y que podrían ser materia de discusión y de polémica, como los que se refieren a la década peronista, punto éste en el que los nacionalistas también suelen discrepar. Pero el propio autor, en un rasgo que merece destacarse, confiesa que “no todo en el gobierno de PERÓN fue negativo y la Historia tendrá para juzgarlo otras palabras que las nuestras”. 

Fuera de esto, que lógicamente atañe a posiciones personales de cada uno me invadió una nostalgia perceptible al leer las páginas en que IBARGUREN (h) rememora – y en ocasiones puntualiza documentalmente – los sucesos cardinales de la lucha heroica protagonizada por el nacionalismo argentino durante la segunda guerra mundial, etapa que yo viví activa y entusiastamente, pero, con todo, qué lejano y distante se siente el autor de estas líneas de muchas cosas, actitudes y creencias de ese entonces… cabe decir, que el libro es una contribución. No sólo nos trae la imagen nítida de aquel gran patriota, de aquel gran escritor frustrado que fue ROBERTO DE LAFERRERE, ingenioso, sutil y profundo, sino que aclara, a muchos desconocedores o mal informados, que los hay a docenas, por no decir a centenares, cuál fue por lo menos la verdadera esencia de uno de los núcleos del nacionalismo: el representado por la Liga Republicana y sobre todo por aquél que hasta el final de sus días la sintió viva y actuante, como con otras palabras lo dice el autor de este libro, en su corazón.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL LINAJE DE HERCULES





Por Leopoldo Lugones


Entre las deidades helénicas, Hércules, además de ser el antecesor de los paladines, fue uno de los grandes liróforos delpanteón. Y con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que cualesquiera otros, los héroes y los trovadoresde España fueron de su cepa; pues sabido es que las leyendas medioevales, con significativa, simbólica alusión al carácter de la raza, considerábanle creador del estrecho de Gibraltar y fundador de Ávila. La herencia nos viene pues continua, explicando esto,mejor que ningún otro análisis, la índole caballeresca y las trascendencias de nuestra historia. 

Arruinada en Provenza durante el siglo XII, aquella civilización de los trovadores y de los paladines, estos últimos siguieronsubsistiendo en España, donde eran necesarios mientras durase la guerra con el moro; de suerte que al concluir ésta, tuvieron enel sincrónico descubrimiento de América, la inmediata y postrera razón de su actividad. Así vinieron, trayendo en su carácter detales, los conceptos y tendencias de la civilización que les fue peculiar, y que rediviva en el gaucho, mantuvo siempre vivaz el linaje hercúleo.

 Y no se crea que esta afirmación comporta un mero ejercicio del ingenio. Nuestra vida actual, la vida de cada uno de nosotros,demuestra la existencia continua de un ser que se ha transmitido a través de una no interrumpida cadena de vidas semejantes.Nosotros somos por ahora este ser: el resumen formidable de las generaciones. La belleza prototípica que en nosotros llevamos,es la que esos innumerables antecesores percibieron; innumerables, porque sólo en mil años son ya decenas de millones, segúnlo demuestra un cálculo sencillo. Y de tal modo, cuando el prototipo de belleza revive, el alma de la raza palpita en cada uno denosotros. Así es como Martín Fierro procede verdaderamente de los paladines; como es un miembro de la casta hercúlea. Esta continuidad de la existencia que es la definición de la raza, resulta así, un hecho real. Y es la belleza quien lo evidencia, al noconstituir un concepto intelectual o moral, mudable con los tiempos, sino una emoción eterna, manifiesta en predileccionesconstantes. Ella viene a ser, así, el vínculo fundamental de la raza.

El ideal de belleza –o sea la máxima expansión de vida espiritual (pues para esto, para que viva de una manera superior,espiritualizamos la materia por medio del arte), la libertad– propiamente dicho, constituyó la aspiración de esos antecesoresinnumerables; y mientras lo sustentamos, dámosles con ello vida, somos los vehículos de la inmortalidad de la raza constituida porellos en nosotros. El ideal de belleza, o según queda dicho, la expansión máxima de la vida superior, así como la inmortalidad, quees la perpetuación de esa vida, libertan al ser humano de la fatalidad material, o ley de fuerza, fundamento de todo despotismo.Belleza, vida y libertad, son, positivamente, la misma cosa

Ello nos pone al mismo tiempo en estado de misericordia, para realizar la obra más útil al mejoramiento del espíritu: aquella justicia con los muertos que según la más misteriosa y por lo tanto más simbólica leyenda cristiana, Jesús realizó, sin dilaciónalguna, apenas libre de la envoltura corpórea, bajando a consolarlos en el seno de Abrahán. Son ellos, efectivamente, los quepadecen el horror del silencio, sin otra esperanza que nuestra remisa equidad, y lo padecen dentro de nosotros mismos,ennegreciéndonos el alma con su propia congoja inicua, hasta volvernos cobardes y ruines. La justicia que les hacemos es acto augusto con el cual ratificamos en el pasado la grandeza de la patria futura; pues esos muertos son como largos adobes que van reforzando el cimiento de la patria; y cuando procedemos así, no hacemos sino compensarles el trabajo que de tal modo siguen realizando en la sombra. 

Así se cumple con la civilización y con la patria. Movilizando ideas y expresiones, no escribiendo sistemáticamente en gaucho. Estudiando la tradición de la raza, no para incrustarse en ella, sino para descubrir la ley del progreso que nos revelará el ejercicio eficaz de la vida, en estados paulatinamente superiores. Exaltando las virtudes peculiares, no por razón de orgullo egoísta, sino para hacer del mejor argentino de hoy el mejor hombre de mañana. Ejercitándose en la belleza y en la libertad que son para nuestra raza los móviles de la vida heroica, porque vemos en ella el estado permanente de una humanidad superior. Luchando sin descanso hasta la muerte, porque la vida quieta no es tal vida, sino hueco y sombra de agujero abierto sin causa, que luego tomanpor madriguera las víboras.

Formar el idioma es cultivar aquel robusto tronco de la selva para civilizarlo, vale decir, para convertirlo en planta frutal; no divertirse en esculpir sus astillas. Cuanto más sabio y más bello sea ese organismo, mejor nos entenderán los hombres; y con ello habráse dilatado más nuestro espíritu. La belleza de la patria no debe ser como un saco de perlas; sino como el mar donde ellas nacen, y que está abierto a todos los perleros. Detenerse en el propio vergel, por bello que sea, es abandonar el sitio a los otros dela columna en marcha. De ello nos da ejemplo el mismo cantor cuyas hazañas comentábamos. Penas, destierro, soledad, jamáscortaron en sus labios el manantial de la poesía. Y hasta cuando en la serena noche alzaba la vista al cielo, era para pedirle el rumbode la jornada próxima, junto con aquella inspiración de sus versos, que destilaba en gotas de poesía y de dolor, la viña de oro delas estrellas.

Extractado del libro "El Payador"

LOS FEDERALES


"Antes morir que ver arriar nuestra bandera,
antes morir que arriar el pabellón nacional."
   
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ENRIQUE OSÉS: UN HOMBRE CONTRA EL REGIMEN



Por Alberto Buela


Noticias bio-bibliográficas 

 Nace Enrique Pedro Osés en la ciudad de Buenos Aires el 29 de junio de 1899. Hijo de Juan Osés y de Regina Cassina.
 Tuvo dos hermanos Ángel y Sara Beatriz. Desde su primera juventud como crítico de arte actividad que cede paso, paulatinamente, a su labor de periodista combativo. Se casa con Manuela Suárez sin tener descendencia. 

 Osés se destaca con todo su esplendor en la década que va de 1931 a 1941. En este período funda y conduce los Crisol, El Pampero y El Federal, además de otros menores como La Maroma. Su obra escrita se destaca como producción de denuncia y anunciación de la Revolución del 4 de junio de 1943.
 Sus escritos son: Medios y fines del nacionalismo (1941) y Cuadernos nacionalistas (1941), que incluyen sus artículos más memorables como: Esto se acaba; Antes que la constitución fue la nación; La vuelta de la noria; Qué imbéciles pluscuamperfectos y Cuando la patria grite ¡Ahora yo! A partir del triunfo de la Revolución Nacional por él tantas veces anunciada, Osés se retira a la actividad privada destacándose como empresario papelero a través de la compañía Celulosa Río Segundo S.A. 
 En uno de sus últimos escritos, la respuesta al diputado Santander aparecida en el periódico Firmeza el 20/9/50, Osés da las razones de su alejamiento: “El régimen actual (el peronismo)que no se halla en discusión ahora, concretó en realizaciones muchas de las ardientes campañas de El Pampero”. 
 Fallece en la ciudad de Buenos Aires el 11 de diciembre de 1954, sus restos fueron despedidos por el poeta catamarqueño Juan Oscar Ponferrada. 


 Sus trabajos y sus luchas 

 Conmemorar a un hombre como Enrique P. Osés no es tarea fácil.1 Y dos son los motivos principales la empresa que nos proponemos. 
Primero su lucha y su prédica afectaron muchos y poderosos intereses. Y segundo, la tarea de silenciamiento y de ocultamiento de su persona y su obra por parte de esos grandes enemigos. Pruebas al canto, no existe ninguna necrológica de Osés, salvo la del Instituto Juan Manuel de Rosas llevada a cabo casi un año después de su fallecimiento.
 Pero no nos detengamos en los que están próximos, no es nuestra intención avivar brasas. Vayamos al grano. Enrique P. Osés es el fundador del nacionalismo popular en Argentina. Y lo funda desde sí mismo, a través del rescate del pasado hispano criollo de nuestro pueblo y sus luchas. Osés analiza críticamente a la democracia de la Década Infame porque ella era en nuestro país, tal como se encontraba estructurado, un mecanismo de dominación. 
Él propone el “Nacionalismo popular Revolucionario” como cambio total de las estructuras e instituciones del Estado demo-liberal argentino.2
 El nacionalismo adquiere en Osés dimensión política en tanto se lo entiende como revolucionario. Esto quiere decir que propone el cambio de un régimen político por otro. El que propone Osés es de neto corte comunitario y social. Se ha dicho, con acierto, que El Pampero fue el diario de la Revolución del 4 de junio de 1943, y Osés, siendo su director, alentó con todas sus fuerzas el pronunciamiento militar.
 Pero como observara Mirabeau: “la revolución como Saturno se devora sus hijos”. Así Osés fue lenta y paulatinamente devorado por la revolución que alentara. Claro que en este caso el protagonista se deja devorar porque ve cumplidos los objetivos de su lucha político periodística. La Revolución y sobre todo el gobierno peronista (1946-52) le devora los objetivos, como explícitamente lo hace notar él mismo en su carta a Santander mencionada anteriormente: “La recuperación de nuestros medios de vida propios – energía, servicios públicos, transportes- por la absorción de las deudas y empréstitos con el exterior, por la reconquista de nuestros elementos de producción, por el control de nuestro mercado interno, por la elevación del standard de vida de los argentinos.
Eso solo justifica los cinco años del Pampero y que el actual gobierno ha realizado.Y lo que resta realizar no hará sino completar la justificación”. Afirmamos de entrada que conmemorar a Osés no es tarea fácil.
 Las colecciones de Crisol, El Pampero y El Federal, diarios fundados por él, prácticamente han desaparecido. Se estiman entre 2.600 a 2.800 artículos los publicados por Osés o bajo su pseudónimo. En cuanto a losCuadernos Nacionalistas han corrido igual suerte, salvo dos: Esto se acaba y Antes que la Constitución está la nación. Como publicación hoy accesible tenemos sólo Medios y fines del nacionalismo editada en 1941 y reeditada en 1968.En realidad ésta es su Diario de la cárcel a la manera del nacionalismo rumano Cornelius Zelea Codreanu. 
 Brevemente podemos decir que Crisol representa la etapa docente, doctrinaria, la de los planteos fundamentales de “la revolución nacionalista”. Va plateando una a una las razones nacionales que motivarán una política revolucionaria: la dominación imperialista, la complicidad oligárquica, la falacia del régimen y sus partidos, el envilecimiento de las leyes y de las instituciones, el mito farisaico del cuarto poder servidor de los intereses ajenos al país, la falsificación de la historia, el fariseísmo de los mentores espirituales del pueblo, el abandono del hombre argentino, la acción de las logias internacionales, la incuria administrativa, el fraude político, y todas y cada una de las calamidades nacionales que entonces, como ahora, se encarnaban en hombres y en intereses poderosísimos.
 Todos ellos van a ser atacados por este nuevo Quijote que pluma en mano, desde las dos páginas apretadas de Crisol se lanza contra la Prensa. Destapa la terrible e ignorada verdad oligárquica, pulveriza a Sarmiento, a la escuela laica, al liberalismo. Denuncia la complicidad de los curiales, se yergue frente a la justicia y la Suprema Corte, frente a los gabinetes entreguistas de Justo, frente al pacifismo megalómano de Saavedra Lamas, frente a la entrega ignominiosa de la Corporación de Transportes. 
Y lo que es más importante, promete a las nuevas generaciones una revolución verdadera, una revolución profunda que ha terminar con estas lacras de una vez y para siempre. Y en esta acción recibe el testimonio de la cerrada enemistad del régimen que llega a encarcelarlo oprobiosamente. Estos mismos poderosos enemigos que él, y luego el gobierno de Perón doblegaron, son los mismos que lo demonizaron como nazi después de muerto3, cuando él sólo fue el teórico más vehemente que tuvo la “revolución nacional”. 
 El Pampero, a su vez, señala la maduración política del movimiento nacionalista. Un diario que se extiende a cien mil lectores, cifra inmensa para la época, y que apoyándose en el comentario de los hechos cotidianos va precisando la doctrina nacional. 
 Las consignas nacionalistas ganan así la validez de lo multitudinario, el Movimiento se reproduce incansablemente hasta en los más lejanos rincones del país, y a todas partes viaja Osés, llevando con su palabra el fuego de los ideales nacionales que enciende fogones por toda la Patria. Se apoya la campaña a favor de la neutralidad en la Guerra Mundial. Se denuncian los negociados y las tropelías del régimen, y así los partidos “palomarescos y cajistas”4 señalados, inventan una persecución democrática, un comité investigador de las actividades antiargentinas, que se defiende de las acusaciones lanzando el mote de nazis a todos los argentinos revolucionarios.
 En esta acción Enrique P. Osés es perseguido por la justicia. Se le acumulan juicios por desacato, por calumnias, por injurias. Se lo quiere quebrar. Todo resulta inútil. Se acumulan procesos para que no salga más de la cárcel pero la justicia puede más que el odio y Osés recupera la libertad. Y en un multitudinario y apoteótico acto en el Teatro Nacional los estigmatiza para siempre a los hombres del régimen cuando comienza su pieza oratoria: “¡ Qué imbéciles pluscuamperfectos!”, los que desde hace ya años y con una saña que va centuplicándose a medida que se acerca el fin, se han dado a la tarea de perseguirnos”. 
 Finalmente El Federal significa el disconformismo intransigente con el nuevo mundo, el mundo de postguerra, sometido a la férula de las potencias anglosajonas.
 Enrique Pedro Osés es el definidor exacto del Nacionalismo Popular desde la tradición hispano criolla. Cuando en los años 1932 al 36 el movimiento nacionalista sufre las consecuencias de la imprecisión doctrinaria, y los grupos supérstites de la desdichada revolución septembrina de 1930 manejan un discurso exclusivamente patriotero y anticomunista sin proponerse finalidades nacionales más amplias, ni pretender otra revolución que un golpe de Estado autoritario por el autoritarismo mismo, es Osés, quien empeñado en polémica memorable con “Bandera Argentina”5, pone en claro la esencia revolucionaria del nacionalismo argentino.
 Ante el triste espectáculo de la bautizada por José Luis Torres, otro ilustre silenciado, como la Década Infame, Osés afirma: “El nacionalismo camaradas no tiene otra misión que la que se ha impuesto. 
Ha proclamado que deben cambiarse las instituciones de la República, y no puede aceptar ingresar en ellas, cuando ya están cayéndose a pedazos, par salvarlas. Ha proclamado que debe darse vuelta todo el sistema económico del país y no puede ahora, apuntalar un sistema que está dando sus últimas boqueadas. Ha proclamado que deben concluir todos los partidos políticos, absolutamente todos, y no puede ahora acollararse con ninguno. 
Ha proclamado que tiene una fuerza popular, que tiene un elenco de hombres nuevos, que tiene su conducta, que tiene la solución integral a los males de la Patria y no puede colaborar con el pasado ni con el presente, porque eso sería traicionarnos a nosotros mismos y traicionar la integridad de nuestra doctrina. No necesitamos alianzas con nadie”.


NOTAS
 1 Este trabajo fue escrito y publicado en 1994,cuando se creó la Comisión de Homenaje a instancia de sus viejosamigos supérstites entre los cuales se destacó Horacio Bordo.
 2 En 1942 aparecerá la crítica politológica másdemoledora de la literatura argentina al Estado de derecho liberal-burgués en la obra homónima de Arturo Sampay, el padrino delconstitucionalismo social.
 3Un perverso y miserable Daniel Lvovich, su apellido lo vende, hasostenido la falacia de que a Osés le pagaban los nazis cuando loque tuvo siempre Osés fue una solemne pobreza.
 4Se refiere al negociado de la venta de tierras públicas delPalomar, origen de la fortuna de Roberto Noble y, por ende, deldiario Clarín y al negociado de la Chade que con las coimas secompró la casa Radical. 5Periódico dirigido por Juan Carulla sostenedor de un nacionalismomussoliniano y septembrino.