miércoles, 20 de junio de 2012

SERMON DEL PADRE ALBERTO EZCURRA: LA BANDERA

Trancribimos fragmentos de un sermón del Padre Alberto Ezcurra.







El valor de los símbolos patrios

Si luego decíamos el símbolo. . . Hoy es el día de la Bandera y la Bandera es el símbolo de esa realidad que amamos y por la cual rogamos que es la Patria. El símbolo es aquello que representa algo. Es algo que puede ser constituido por los hombres, pero sin embargo es una cosa muy seria. Nos basta pensar solamente que la cruz es una cosa muy seria. N os basta pensar solamente que la cruz es el símbolo de nuestra Fe cristiana y católica, y nos hace referencia a la tragedia del pecado y al amor inmenso de Cristo que muere en la cruz para salvamos.
La cruz antes de Cristo era un signo de ignominia, era la peor condena que se podía dar a los delincuentes, pero cuando Cristo muere en la cruz cargando sobre sus espaldas nuestros pecados, Cristo muriendo en la cruz nos salva, la cruz se transforma en el símbolo de la salvación. Y cuando nosotros miramos una Cruz, a través de ella adoramos a Dios y nosotros hacemos sobre nosotros mismos la Señal de la Santa Cruz. La Cruz es un símbolo y es una cosa seria, es una cosa sagrada, representa a Cristo, la Fe de Cristo, nuestra condición de cristianos. La señal del cristiano es la Santa Cruz, aprendíamos en el Catecismo.
y así como la Cruz es símbolo de la Fe de la Iglesia de Cristo, la Bandera es un símbolo de esa realidad humana que Dios quiso para nosotros que es la Patria. Es un símbolo, y un símbolo que está por encima de cualquier otro símbolo. Muchas veces hemos afirmado aquí que la Patria está por encima de las divisiones de clases y de las. divisiones de partidos y de cualquier otra división. Porque el Bien Común de la Patria está por encima, tiene que estar por encima de todos los intereses particulares.
Puede haber símbolos que enfrentan a los hombres, que los distinguen, que los dividen. Los hombres se dividen a veces por banderías políticas y tienen un símbolo que los distingue a veces hasta en el deporte, los colores, el escudo, el distintivo, es un símbolo que está representando a ese club. Pero por encima de los distintos colmes de boinas o de 'distintivos políticos, por encima de las diversas camisetas de los clubes, por encima de todos aquellos símbolos de realidades menores, está la Bandera que es el único símbolo que une a todos los argentinos en una empresa común, en la cual Dios nos quiere. Y esa empresa común es la Patria.
Decíamos que el símbolo es algo que hacen los hombres. Pero los hombres para hacerlo tienen algún motivo, y después ese símbolo que ha sido elegido pudo a lo mejor ser de otro color, de otra forma, pero ese símbolo que ha sido elegido se une a la historia de una Patria. Y van pasando los siglos, los años, va pasando el tiempo y ya no se puede decir de ese símbolo que se puede cambiar, que es sólo un pedazo de trapo, que es algo que podría ser distinto. No. ¿Por qué? Porque cuando ese símbolo ha pasado a ser el distintivo de una Nación y de una historia, ese símbolo de alguna manera está siendo consagrado por los hombres. Por los hombres en el cual mirándolo se reconocen, por los hombres que han derramado su sangre para defender ese símbolo sabiendo que defendían a la Patria, por los hombres que han prestado por generaciones y generaciones el juramento, por los que han sentido un día en su corazón la emoción al ver la Bandera que se iza en la mañana en el patio de la escuela, o en el mástil del cuartel. El símbolo que une a todos los argentinos por encima de cualquier otra cosa, el símbolo, que como decíamos, dependiendo de quienes han derramado su sangre, ya no es algo accidental, ya es algo importante, es algo que va unido de manera profunda a la historia de una Patria.



Las raíces marianas de la Bandera
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo haber sido de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir ese símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira. a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética. ¿No es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de nuestra Bandera y así nos lo señala la Historia. Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la, Inmaculada, la cual estaba colgada al cuello, pendía del cuello de una cinta. Y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una bandera de seda ancha dividida en tres franjas iguales; la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste. Los colores de la Inmaculada a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias. Esta cinta la usaron los voluntários que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra lós invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano no la usaba porque él era Congresante mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas.
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco. en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen.
No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. Y de esto tenemos testimonios bien expresados. José Luis Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al darle Belgrano los colores azul y blanco ala Bandera de la Pátria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján». Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto».
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama alas tropas de la Isla de Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la ' Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen por la Patria se lo demanden».



La Revolución Cultural: antipatriótica


Asi nació nuestra Patria argentina. Así nació nuestra Bandera. Esos hombres de Fe, ardientes patriotas y grandes devotos de la Virgen, fueron los que fundaron esta Nación. Yeso es una realidad que nadie puede negar y que nosotros, por Dios y por la Patria, no tenemos derecho a olvidar y no tenemos derecho a traicionar.
Hoy vivimos en nuestra Patria una lucha que quiere destruir todos esos valores y olvidar nuestro pasado. Vivimos una revolución que de alguna manera es más peligrosa que la situación que vivió la Patria hace algunos años, cuando las guerrillas armadas querían apoderarse del poder para imponemos la bandera roja. Es más peligrosa porque mientras los montoneros del ERP lo hacían empuñando las armas con atentados o crímenes, esta lucha es una lucha disfrazada y sutil. Lo que estamos viviendo hoy es una Revolución Cultural que quiere hacer un hombre nuevo, pero hacerlo desarraigándolo de su pasado, de sus valores, de su Fe, de la Historia. Es lo que se procura desde tantos medios de difusión en este tiempo. Personajes que tienen lugares importantes en la televisión o en la radio. Publicaciones periódicas como Humor, como El Periódista y como otra serie de revistas que hasta me daría vergüenza nombrar delante del Señor porque sería peor que decir malas palabras aquí delante de El. Personajes que tienen lugares importantes en la formación de nuestra juventud, en la cultura, o que quieren manipular desde posiciones de importancia del Congreso Pedagógico para dar una indicación a nuestros jóvenes, desarraigada de todos los valores tradicionales de la Patria y de la Fe.
Se quiere crear un hombre nuevo sin raíces. Es lo mismo que pasa en todas aquellas cosas que tienden a destruir la familia a través de ese aluvión de inmundicia y de pornografía que tenemos. A través de la Ley de Divorcio que destruye la solidez que debería fundar a la familia. Junto con la Ley de Divorcio se ha aprobado la liberación de los anticonceptivos, y hay quienes ya están pensando en una nueva ley qué sirva para aprobar el aborto, lo que afecta a la familia, hasta en sus ,mismas raíces. Mañana es también el Día del Padre. ¿Qué podemos pensar de aquél que no tiene respeto por sus padres? De aquél que- se avergüenza de su apellido. De aquellas familias que quieren fundarse no sobre la roca sólida de un amor definitivo y de una palabra que vale para siempre, sino sobre la arena movediza de las pasiones humanas. ¿Qué podemos pensar de aquellos que rechazan la vida? Dios perdona siempre, los hombres algunas veces perdonamos, pero la naturaleza no perdona nunca. Y cuando el egoísmo en un familia sin arraigo rechaza la vida, esa vida de alguna manera se venga. Y es lo que vemos en estos tiempos: los padres que no quieren hijos, o que no quieren hacerse responsables de los hijos, y que después se encuentran en la vejez, con que los hijos rechazan a sus padres. Y por eso nuestro tiempo, es el tiempo de las clínicas abortistas y es el tiempo de los asilos para ancianos. La vida, la naturaleza, se venga. El que ha sido egoísta con la vida que nace se va a encontrar después con el egoísmo que rechaza a la vida que declina. Yen lugar del respeto por los ancianos, el olvido, el abandono y el desprecio.
Por eso en las naciones donde ya se ha aprobado la Ley del Aborto, se empieza a discutir una Ley de Eutanasia. Para la desaparición, para la eliminación. Si miramos con un criterio materialista, con un criterio que no sea una criterio de Fe, ni siquiera un criterio íntegramente humano, con un criterio por el respeto a la vida, por cierto hay que eliminar a los viejos y a los niños porque ninguno de los dos produce. Esa es la mentalidad egoísta.
Pero donde se toca a la familia se crea una situación de desarraigo. Aquí desde el Altar hemos señalado también el año pasado que el Papa Juan Pablo II nos da un ejemplo de amor profundo a su Patria polaca, y él decía en el Mensaje a los jóvenes del Año de la Juventud cómo. el amor a la familia o el arraigo de la familia nace también del amor y nace del arraigo de la Patria. Porque la Patria es como una prolongación de la familia, es como una familia grande, porque la Patria es mi familia y son también todas aquellas otras familias que están ligadas a la mía por lazos de historia común, de tradición, de cultura, de lengua, de Fe. Entonces cuando se afecta a la familia, cuando se hiere a la familia, se está hiriendo a la Patria en sus mismas raíces, en sus células fundamentales.
¿Qué podemos pensar de aquél que se avergüenza de sus padres, de una familia que rechaza la vida? Es negro el futuro de esa familia. Y lo mismo podemos decir: ¿qué podemos pensar de una Patria que quiere renegar de sus orígenes? Pero no podrán hacerlo. Porque esto que decimos, esta referencia que hacíamos al espíritu, al alma de los próceres que hicieron la Patria, San Martín, Belgrano... Esa es la realidad de nuestra Argentina y estos ideólogos extranjerizantes, estos ideólogos sin Patria que quieren desarraigar esto del alma de los argentinos, no podrán conseguirlo. Nuestra Patria está hecha así, nuestra Patria nació así. Esa es la realidad de nuestra Patria.
Los señores laicistas que quieren arrojar a Dios de las escuelas, desde hace más de cien años trabajan para eso, los que quieren arrancar el Crucifijo de las escuelas, tendrán también que arrancar los retratos de San Martín y los retratos de Belgrano, que son los primeros que tenían el Crucifijo y la enseñanza de la fe en las escuelas. Los que no quieren que en las escuelas se enseñe a conocer a Dios, se enseñe el Catecismo, tendrían que prohibir que en las escuelas se enseñe el Martín Fierro, la obra grande de nuestra literatúra porque en el Martín Fierro se refleja la Fe de nuestros criollos, se refleja la Fe de nuestros gauchos. Los que quieren arrancar en la reforma constitucional los tímidos rasgos o afirmaciones de catolicismo que tiene nuestra Constitución argentina, tendrían que cambiar también los colores de nuestra Bandera, porque son los colores del manto de la Virgen por la voluntad de su creador, el general Belgrano.
Pero si una familia que olvida sus raíces, sus orígenes, si un hijo que reniega de sus padres y de lo que ha recibido de sus padres, un hijo que se avergüenza de sus padres, tiene un negro futuro, también es negro el futuro de una nación que
reniega de los orígenes y del espíritu de aquellos. que la fundaron y del espíritu con el cual la quisieron y con el cual la fundaron.


Defender el manto de la Inmaculada
Por eso, tenemos motivos para rezar al Señor por esa Patria y en este día de la Bandera. Pero la oración tiene que damos fuerza para cumplir con nuestro deber en la familia, en la escuela. Pero el testimonio, cualquiera que sea el lugar donde Dios nos pide que demos testimonio, digámoslo con las palabras del mismo General Belgrano: «La Patria está en peligro inminente de sucumbir. Vamos pues soldados a salvarla. Veis en mi mano la Bandera Nacional que os distingue de las demás naciones del globo. No olvidéis jamás que vuestra obra viene de Dios. Que Él os ha concedido esta Bandera y que nos manda que la sostengamos con el honor que le corresponde. Jurad no abandonada. Jurad sostenerla para arrollar a nuestros enemigos. Nuestra sangre derramaremos por esta bandera».

Y para terminar, expresando este "espíritu poéticamente digamos:

«La Bandera es ese paño que simboliza la Patria, y es el manto de la Virgen, Patrona de toda hazaña, que por eso fue creada de color azul y blanca. Cuando hizo falta una enseña justo previo a la batalla, la que resistió al demonio en las selvas tucumanas, la que envolvió al camarada en ese último viaje, hacia las mismas entrañas de la tierra americana, la que ha tremolado al viento sobre tantas mentes claras, defendiendo a la Nación de invasores de otras playas.
La que llena de crespones mordiendo penas y lágrimas, cada 2 de Abril recuerda su gesta contemporánea. Será el gesto más puro, la caricia más honrada, porque al besar la Bandera, besas la Argentina amada.
Entre sus pliegues de seda se quedarán tus palabras, para que el Señor te premie si las cumples y las guardas. y si al fin mueres por ella, ella será tu mortaja. Tu cuerpo descansará en los brazos de la Patria, porque te juro hijo mío, Argentina está completa
en la enseña azul y blanca».

Como en la familia podemos decir que el hombre no separe lo que Dios ha unido, podemos decido también de nuestra Patria. Que nadie se atreva a separar a aquellos que están unidos desde el principio de nuestra Historia. El amor a la Patria en la Bandera y el amor de Dios en los colores del manto de nuestra Virgen Inmaculada. Asi sea.




martes, 20 de marzo de 2012

RECORDANDO AL SARGENTO 1º GUILLERMO VERDES


BALANCE DE MEDIO SIGLO DE TEORÍA Y POLÍTICA MONETARIA*



Por Walter Beverragi Allende


1-Recapitulación

 Desde la Gran Crisis Mundial hasta nuestros días ha transcurrido medio siglo. En nuestro breve análisis retrospectivo de los capítulos precedentes, hemos podido observar, a grandes rasgos, el curso de los acontecimientos en lo tocante a teoría y política monetaria.
 La teoría cuantitativa tuvo, precisamente hasta la Gran Crisis, una primacía incuestionable y sus proposiciones prácticas, basadas esencialmente en la neutralidad monetaria y en un prudente manejo de la tasa de interés como instrumento estabilizador de la actividad económica, dentro de un marco de sostenido crecimiento, sufrió en aquella oportunidad un revés irreparable. 
 Las innovaciones keynesianas no llegaron a cuestionar los pilares básicos de la teoría cuantitativa, tan sólo se limitaron a profundizar algunos aspectos analíticos y a promover ciertas modificaciones en la política económica, en especial por vía del gasto público y con vistas, primordialmente, a combatir la deflación y el estancamiento. 
 Al promediar los años 1950 -y el medio siglo a que nos estamos refiriendo- surge el monetarismo, un planteo que tampoco difiere con los lineamientos básicos de la teoría cuantitativa; antes bien, parece reivindicarla, oponiéndose a las innovaciones keynesianas, pero que en materia de política monetaria aparece decidido a restaurar una "ortodoxia clasicista", reafirmando la necesidad de estabilizar el contingente monetario, dejando libradas a la "oferta y demanda" de dinero la evolución de las tasas de interés y minimizando nuevamente el rol de la política fiscal. 
 Podemos afirmar así que el rasgo común a todos los enfoques derivados de la teoría cuantitativa, por consiguiente, y a la vez elemento distintivo frente a nuestra teoría cualitativa, es el de proponer en todos los casos y en última instancia, la confrontación global de los agregados monetarios (o masa monetaria), por una parte, y de la suma de bienes y servicios (o transacciones en ellos), por la otra. 

 Nuestra teoría cualitativa se opone a esa "globalización" de magnitudes, sean ellas "moneda" o "producto", y propugna, en el plano teórico, una identificación del destino cualitativo de las unidades monetarias y una "parcialización sectorial" que confronte las inserciones de dinero, por una parte, y su resultado productivo, sean "bienes" o "servicios", por la otra. 
 De esta proposición teórica, que nosotros formulamos han de derivarse importantes implicancias en lo tocante a política monetaria, según podrá advertirse en los próximos capítulos. Pero antes de adentrarnos en ese tema, creemos pertinente formular una somera referencia a los resultados prácticos que se han derivado de la tesis monetarista, que es la realmente vigente en el "mundo occidental" y que ha suplantado -dentro del contexto general de la teoría cuantitativa- a las proposiciones keynesianas y aún, desde luego, a la que Friedman llama "posición inicial" de aquella teoría. 

 Consideramos indispensable este análisis, pues de sus resultados habrá de colegirse o no la procedencia de un verdadero replanteo de la teoría y la Política monetaria, como el que proponemos nosotros.



2- El monetarismo en la Argentina

Comenzaremos por aclarar que nosotros no inculpamos a Milton Friedman por todas las calamidades que se han derivado y se derivan diariamente, para muchos países, de las estrategias monetarias atribuidas, con razón o sin ella, al monetarismo. Es muy posible que muchas de esas calamidades se deriven de tácticas y maniobras (de grupos interesados) que nada tienen que ver con las proposiciones monetaristas.

Pero si tal inculpación ocurriera, Milton Friedman deberá, en última instancia, asumir la responsabilidad, aún por aquello que no es estrictamente derivado de su preceptiva o de la de su "Escuela de Chicago". Por dos razones fundamentales.
Primero, porque el mismo Friedman dice que "lo que importa para el mundo de las ideas, no es lo que pueda ser cierto, sino lo que sea considerado como cierto".

 Y con la ambigüedad de sus proposiciones, él ha dado lugar a que, en último análisis, cualquier proposición atribuida -con razón o sin ella- al monetarismo, "sea considerada como cierta".

En segundo lugar, porque el Prof. Milton Friedman se ha prestado, en todo tiempo y en todas las latitudes, a una propaganda tan exagerada, en favor de sus proposiciones monetaristas, que todos tenemos el derecho de suponer que, más que propuestas científicas, las suyas son tácticas integrantes de una "acción psicológica" de alcances, no ya nacionales, sino mundiales, a fin de servir propósitos que nada tienen que ver ni con la verdad científica ni con el bien común de la humanidad.

A partir de marzo de 1976, en Argentina, amparado por un gobierno militar y provisto prácticamente con la "suma del poder público", asumió el timón de la economía José Alfredo Martínez de la Hoz, quien -sin ser economista- dijo tomar como modelo las enseñanzas de Milton Friedman y acto seguido puso en práctica un programa decididamente ruinoso para el país y cuyos resultados ya están sobradamente en evidencia.
Por supuesto que el Prof. Friedman no sólo se abstuvo de negar su paternidad respecto del "Plan Martínez de la Hoz", sino que contribuyó de muy diversas maneras a darle su "espaldarazo", convenciendo a medio mundo de que, efectivamente, el aludido Ministro, audaz e improvisador sin límites, era un fiel discípulo de la "Escuela de Chicago". Cientos de públicaciones periodísticas así lo acreditan.
Como prueba de ello, bastará señalar que en 1977, la revista semanal más popular de Argentina publicó una entrevista con Milton Friedman, especialmente dedicada a consultarlo sobre los problemas de ese país y que dicho reportaje, ilustrado con abundantes fotografías del "premio Nobel", al que se califica como "una de las más grandes autoridades en Economía del mundo", ocupa nada menos que trece páginas de la aludida públicación. 


*Extractado de "Teoría Cualitativa de la Moneda"

ERNESTO PALACIO Y EL NACIONALISMO


Reproducimos una nota de Ernesto Palacio, publicada en  "La Nueva República", contestando una apreciaciòn  de Leopoldo Lugones:
Estimado Señor y amigo:
El número anterior de La Vida Literaria trae una breve nota suya sobre “El Nacionalismo” que merece una contestación igualmente breve. Se refiere Ud. en ella a un nacionalismo argentino que sería ––según dice–– “precipitada imitación de una mala cosa europea”, y la emprende bravamente contra él en nombre del “patriotismo cordial”.
Como no existe en el país otro nacionalismo doctrinario que el proclamado por el gru-po de la N. R., al cual me honro pertenecer, no cabe duda que el ataque viene dirigidocontra nosotros. Así lo hemos tomado y así lo ha comprendido todo el mundo, no obs-tante las deformaciones que nuestro pensamiento ha sufrido a través de su interpreta-ción personalísima. 
Porque el caso es que Ud. se ha fabricado un fantasma para gritarpeligro. Y a no ser por la circunstancia de que somos los únicos en usar el calificativo de nacionalista, nadie habría atribuido a nuestras personas de carne y hueso los atribu-tos fantásticos con que nos viste su fecunda imaginación.
Le agradezco en nombre propio y de mis compañeros la lección sobre la patria quepretende darnos cuenta cuando dice que “la patria no es un partido”, sino “la realidadesencial que condiciona la vida entera de una agrupación humana”. Pero ya que de lecciones se trata (a juzgar por el tono) habríamos deseado palabras más claras y más precisas. Que el patriotismo y el nacionalismo son cosas distintas ya lo hemos dicho nosotros infinidad de veces en las columnas de la N. R. y de La Nación, pero tratando deespecificar honestamente la diferencia. 
Diferencia que consiste simplemente en esto: el nacionalismo, si bien fundado en el amor a la patria, supera el plano puramente sentimental para transformarse en la doctrina del bien de la patria. Es, pues, un fenómenointelectual. Es superior al patriotismo en cuanto la inteligencia es superior al sentimien-to: pero no, como Ud. afirma la “exageración” del patriotismo. 
Consiste en saber quées lo que conviene y tratar de realizarlo. 
Su mayor o menor exasperación depende de lamayor o menor intensidad de los peligros que amenazan la nación. No se explicaría suexistencia en épocas de calma. Es eventual y defensivo. Discutir sobre su legitimidad sería lo mismo que reprochar a un hijo inteligente que tuviese un conocimiento claro de los remedios que convienen a la madre enferma y fundado en él combatiese al hermano “cordial” pero imbécil empeñado en abandonarla en manos de los curanderos.
Lo del “estado de odio” es, pues, pura leyenda. No podrían atribuirse sin mala fesentimientos de odio al hijo del ejemplo por defender con uñas y dientes la salud de su madre, aunque golpease al hermano o en último extremo lo encerrase.Tal es el caso de los diversos nacionalismos. Con dichos procedimientos extremos,que usted llama “anárquicos”, el nacionalismo italiano ha logrado salvar a su país ame-nazado por la peste roja: cosa que Ud. (supongo) no se atreverá a negar.
Lo de “precipitada imitación de una cosa europea”, ¿no le parece que convendríamejor a sus tentativas fascistas? Nosotros, por el contrario, tratamos de entroncar en la tradición del país y mantenernos en el terreno de nuestras instituciones, por lo cual siempre hemos rechazado enérgicamente la confusión entre sus doctrinas y las de la N. R.,argumento predilecto de nuestros adversarios. 
Le agradecemos, pues, que haya hechoUd. también de su parte para evitar que dicha confusión continúe.
Saludo a Ud. con la mayor consideración y amistad

Fuente: La Nueva Repùblica, 
21-7-1928

viernes, 6 de enero de 2012

EN TORNO AL CRIOLLISMO EN EL BICENTENARIO





Por Alberto Buela


Alrededor de la época del Centenario (1910) se escribieron una cantidad significativa de textos en torno al criollismo. Lo inauguró Rafael, el hermano de José Hernández, el autor de nuestro Martín Fierro, con una conferencia en Peuhajó en 1896: Nomenclatura de sus calles,  lo siguió Lucien Abeille en 1900 con El idioma nacional de los argentinos. Vino luego Ernesto Quesada quien en 1902 publicó El criollismo en la literatura argentina. Ricardo Rojas con La restauración nacionalista de 1909 y Leopoldo Lugones con El Payador, conferencias dictadas en 1913 y publicadas en 1916, cierran este ciclo brillante de la literatura específica sobre lo criollo y el pensamiento nacional argentino.[1]
Hoy pasado un siglo y algo más, es interesante echar una mirada retrospectiva sobre el asunto que tantos desvelos ocasionó y que a nosotros nos parece tan distante.


Esquema breve

Hagamos un poco de historia de literatura criolla para poder situarnos en el asunto. El primer autor gauchesco es el oriental Bartolomé Hidalgo (1788-1822), quien desarrolló toda su vida en Buenos Aires, murió en Morón y escribió en la época de la independencia (1810) cielitos patrióticos y le canta a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Era de profesión barbero y escribe como tal. “Utiliza la verba descosida propia de su oficio”, afirma Lugones. No nació gaucho pero supo interpretar su sentir y escribió con el modo de decir de este nuevo tipo humano que había surgido en América: el gaucho.
Luego por la época de Caseros (1852) surge Hilario Ascasubi (1807-1875), quien nació cordobés y murió en Montevideo, con su trilogía, Santos Vega, Aniceto el gallo y Paulino Lucero. Su poesía fue más política que poética y pasando el tiempo pierde interés su lectura. Su poesía se denominó gauchi-política y fue siempre unitario. “el mulato Ascasubi resolvió explotar el género gauchesco a favor de su partido”, afirma R. Hernández en 1896. Y Lugones terminante, como de costumbre, dice: No tenía de gaucho sino el vocabulario, con frecuencia absurdo”.
Le sigue luego, como su discípulo, Estanislao del Campo (1834-1880, quien bajo el  pseudónimo de Anastasio el Pollo publica en 1866 Fausto.
Es el autor más criticado por gringo y por su desconocimiento de todo lo gaucho. El primero que lo critica es Rafael Hernández en la mencionada conferencia, donde sostiene: “Su obra está llena de incongruencias y artificios. Del campo ha creado en su Laguna un domador de opereta desconocido en el país. El gaucho Laguna monta un flete escarciador y coscojero que aunque era medio bagual, él lo deja con las riendas arriba. Este parejero se llama Záfiro, piedra preciosa que ningún gaucho conoce. Y es de pelo overo rosado, justamente el pelaje que no ha dado ningún parejero, y conseguirlo sería tan difícil como un gato de tres colores”.
Por su parte Ernesto Quesada dice: “Del Campo siempre fue un pueblero, que tan solo superficialmente conocía al gaucho. De ahí que su libro sea una obra que nada tiene de gauchesco en las ideas y sentimientos: únicamente se sirve del disfraz del dialecto gaucho”.
Lugones es definitivo cuando afirma: “Puede observarse en el primer verso: ningún criollo jinete y rumboso como el protagonista, monta un overo rosado: animal siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en las estancias, o servir de cabalgadura a los muchachos mandaderos; ni menos lo hará en bestia destinada a silla de mujer, como está dicho en la segunda décima, por alabanza absurda, al enumerarse entre las excelencias del overo, la de que podía “ser del recado de alguna moza pueblera”. Además en la misma estrofa habíalo declarado medio bagual; lo cual no obsta para que inmediatamente pueda creerlo “arricionado”, es decir manso y pasivo. Por último, y para no salir de las dos primeras décimas, que ciertamente caracterizan la composición, ningún gaucho sujeta su caballo sofrenándolo, aunque lo lleve hasta la luna. Esta es una criollada de gringo fanfarrón que anda jineteando la yegua de su jardinera”.
Agreguemos nosotros que al potro no se le pone de entrada freno sino bocado (tira de cuero ablandada que ata la cabezada al maxilar inferior del yeguarizo). Que sofrenar es un tirón de riendas muy fuerte que ensangrienta la boca del caballo y lo vuelve “quebrado de boca o estrellero”. Lo vuelve de difícil conducción. Sofrenar el caballo no es propio del gaucho sino del gringo enojado. El gaucho clava espuelas, el gringo golpea la cabeza del animal.
Finalmente Jorge Luis Borges, que fue un internacionalista liberal, aunque no pudo dejar de ser criollo, reconoció: “Yo me declaro indigno de terciar en estas controversias rurales; soy más ignorante que el reprobado Estanislao del Campo”. [2]  

En el mundo de los gauchos, del que ya no queda casi nada, se solían enseñar ciertos versos para determinar la calidad de los yeguarizos. Así nuestros viejos padres criollos nos enseñaban versos como estos:

Calzado de una,
jugale tu fortuna.
Calzado de dos,
guardalo para vos.
Calzado de tres,
no lo prestes ni lo des.
Calazado de cuatro,
vendelo, caro o barato.

Y a los pelajes desde siempre se le atribuyó cualidades.  Así, el moro fue acero, siempre se lo consideró un animal superior. Martín Fierro va con su moro a la frontera:

“Yo llevé un moro de número
¡sobresaliente el matucho!
Con él gané en Ayacucho
más plata que agua bendita”


Está el moro de Facundo Quiroga, que se lo roba Estanislao López y casi van a una batalla por recuperarlo.
Los tordillos (color blanco) son grandes nadadores. El oscuro es pájaro, gran corredor. El zaino (color negro) sirve para todo. El tobiano, como pelo brasileño que introduce Urquiza cuando desfila por Buenos Aires después de Caseros, no sirve para nada (hay acá un mensaje ideológico). El blanco es quitilipe, que no ve de día. El alazán es chasquero, de corto y rápido galope. Y el tostado, antes muerto que cansado.
Después de este “salto atrás” que es el Fausto de Estanislao del Campo aparece en 1872 el Martín Fierro. Y en él José Hernández [3] se agotó como poeta y agotó la poesía gauchesca más genuina. Todas las obras posteriores del género o cayeron en la vulgaridad como fueron los dramones o sainetes criollos inaugurados por Eduardo Gutiérrez para burla y escarnio del gaucho y continuados por el circo del gringo Anselmi y sus diálogos y payadas en cocoliche.
Cocoliche es el nombre de un personaje del drama gauchesco Juan Moreira, también de Eduardo Gutiérrez, quien habla una jerga mezcla de italiano y español.

La polémica del Centenario llega en ese momento histórico (amasijo de cocoliche y gauchesco) en donde se plantea la posibilidad de la existencia de un idioma nacional argentino distinto del castellano, así un autor francés (Lucien Abeille) y un presidente suizo francés (Carlos Pellegrini) son partidarios de tal empresa ¿qué raro esto de ir contra todo lo español por parte de los franceses o sus descendientes?. Nos suena a historia repetida. Mientras que Ernesto Quesada, Eduardo Wilde, Miguel Cané y otros sostienen la defensa del castellano como lengua nacional. A ellos se sumó el insobornable don Miguel de Unamuno, quien a pesar de ser raigalmente vasco y estar contra la Academia de la Lengua, juzgó el intento como un desatino. Es más, el filósofo español se extendió incluso sobre lo latino, previniéndonos sobre la espuria tesis de los franceses, luego adoptado por el pensamiento único, de denominarnos “latinoamericanos”. Y así afirma: “Ganas me dan de hablarle del latinismo, suponiéndole acaso enterado de que siento poco entusiasmo hacia él y de que estoy cada vez más convencido de que los españoles, y creo que también los hispanoamericanos, tenemos poco de latinos y que es locura querer latinizarnos torciendo nuestro natural”. [4]
Vienen luego los trabajos de Rojas, Lugones, Gálvez, Ugarte que son los que inauguran, propiamente, el pensamiento argentino. Pensamiento que encarna, por un lado, la reacción contra el positivismo de las generaciones del 80 y del 96 (José M. Ramos Mejía, Florentino Ameghino, Carlos Octavio Bunge, José Ingenieros) y por otro, la respuesta a la pregunta por la identidad nacional e hispanoamericana.

El criollismo en el bicentenario

¿Qué quedó de todo esto?. Hoy a doscientos años del primer grito de independencia se puede hablar de criollos y criollismo en Argentina?
Hoy los filósofos argentinos, si es que los hay, se limitan a media docena de investigadores del Conicet, algunos profesores universitarios, y tres o cuatro pensadores sueltos.
Los investigadores se ocupan como sus antecesores de “la inmortalidad del cangrejo”, temas abstrusos e incomprensibles que les dan de comer de por vida colgados de “la teta del Estado” con viajes  y canonjías por todo el mundo “hablando por hablar sin decir que nada es verdadero o falso”. Los profesores siguiendo los amorfos programas, copia en su mayoría de los de USA o Europa. Y “los sueltos”, mirándose el ombligo” en tesis individualistas y personales que le importan un bledo a la comunidad argentina.
El hecho cierto, el hecho bruto impuesto por el peso de su evidencia, es que no hay en Argentina hoy (2012) filósofos criollos como los había en el Centenario. Y así la pregunta por la identidad, por la mismidad se ha transformado en una pregunta por “lo Mismo”. Con acierto observa mi amigo Alain de Benoist que: “la ideología de lo Mismo se encuentra más que nunca en marcha. El irresistible movimiento
de globalización, de esencia tecnoeconómica y financiera, cada día tiende más a desarraigar a los pueblos y las culturas, a las identidades colectivas y los modos de vida diferenciados. Los poderes públicos disponen además, hoy en día, de medios de control que los antiguos regímenes totalitarios apenas pudieron soñar. ¿No sería posible llegar con suavidad, e incluso con el consentimiento de las víctimas, al estado de uniformidad que los sistemas totalitarios intentaron instaurar mediante la
violencia?”. [5]
Y nuestros pocos filósofos argentinos no han podido romper el corset del pensamiento único y políticamente correcto.
Ya no más un Guerrero, un de Anquín, un Taborda, un Virasoro, un Casas. Hoy los pocos que hay llevan apellidos extraños. Como dice el tango: yo sé que ahora vendrán caras extrañas.
Pero, vayamos al grano y no nos distraigamos con “el gringaje” intelectual.
En primer lugar habría que distinguir entre lo criollo y lo gaucho. El viejo principio filosófico de distiguere ut iungere (distinguir para unir) es fundamental para dilucidar este tema. En un trabajo que leímos en la Quiaca y en Tupiza (Bolivia) a propósito del primer combate de la guerra de la Independencia, el del 7 de noviembre de 1810 en las márgenes del río San Juan del Oro, titulado El orden criollo [6] afirmábamos: Este fue el orden que se dio fácticamente con la cultura del caballo, que se dio políticamente con los gobiernos que privilegiaron y defendieron lo nuestro y que se dio culturalmente cuando pensamos con cabeza propia. El orden criollo implica la existencia de una cosmovisión, es decir, una visión totalizadora, hoy se dice holística, del hombre, el mundo y sus problemas, expresada en el estilo de nuestros hombres de campo o del hombre de ciudad que siente el campo.
Y acá viene y hay que hacer una distinción fundamental entre lo gaucho y lo criollo. Distinción que hiciera Juan Carlos Neyra en un impecable, breve y profundo ensayo. El gaucho y lo gaucho término peyorativo hasta que lo recuperan San Martín y Güemes y es bueno que se recuerde y se lo recuerde desde acá, desde la Quiaca, implica una forma de vivir que necesariamente se da en el campo, en donde el gaucho muestra todas sus habilidades camperas, todas sus pilchas como en esta fiesta, todas sus destrezas en juegos como el pato, la taba, la sortija y en danzas como el triunfo, el gato, la zamba, la cueca, la chacarera o el chamamé. En donde los silencios tienen sus sonidos y los trabajos sus tiempos en un madurar con las cosas, tan propio del tiempo americano.
¿Y lo criollo entonces?. Criollo es aquel que interpreta al gaucho y lo criollo es un modo de sentir, una aproximación afectiva a lo gaucho. Es por  eso que lo gaucho es necesariamente criollo pero un criollo puede no ser gaucho. De allí que esos viejos camperos de antes decían: Nunca digas que sos gaucho, que los otros lo digan de vos.
Así,  pudo acertadamente escribir Neyra: Si gaucho es una forma de vivir, criollo es una forma de sentir” [7]
Y esta distinción se ve claramente en la estrofa del poema nacional que dice:


Tiene el gaucho que aguantar

Hasta que lo trague el hoyo,
O hasta que venga un criollo
En esta tierra a mandar.”

Nosotros tenemos que demandar, que exigir que nuestros gobiernos sean criollos porque es la forma más genuina de sentir lo propio. Lo criollo funda la preferencia de sí mismo en los argentinos y americanos.
Si hace cien años atrás Quesada, Lugones, Rojas, Rafael Hernández, Ugarte  afirmaban que ya no se encontraban más gauchos y que los pocos que quedaban se iban al tranco para que no se piense que huyen de miedo y llevaban sobre sus hombros su poncho como bandera arriada. 
Hoy podemos afirmar que no hay más gauchos y que el gravísimo daño que se hace a su figura es representarlos en los centros tradicionalistas a través de “gauchos de tienda”, hombres disfrazados de gauchos.
Pero, si bien el gaucho desapareció, lo que perdura es lo criollo como la forma de sentir lo gaucho.
El gaucho es el tipo humano en donde se plasmó de mejor manera lo criollo, pero lo criollo es el fondo, es el núcleo aglutinado de valores que le da sentido a lo gaucho. En una palabra, que desaparezca la forma, en tanto que apariencia,(hoy los centros tradicionalistas son solo apariencia de lo gaucho) no nos autoriza a colegir que murió su contenido; esto es, el alma gaucha, o sea, la expresión más propia de lo criollo.  Muy por el contrario, lo que se tiene que intentar, a partir de este bicentenario, es plasmar bajo nuevas apariencias o empaques los valores que sustentaron a este arquetipo de hombre, como lo son: a) el sentido de la libertad, b) el valor de la palabra empeñada, c) el sentido de jerarquía y d) la preferencia de sí mismo. No existe ningún pensador nacional iberoamericano, más allá de las disímiles posiciones políticas, que no sostenga estos cuatro principios fundamentales del alma hispanoamericana.
 Así el orden criollo nace a partir de allí y es expresión política y cultural de esa esencia propia y específicamente nuestra, esto es, de la ecúmene, de esta gran casa que es América, que como lo hóspito nos recibe, nos hospeda a todos nosotros (aborígenes, gauchos y gringos) que desde lo inhóspito hemos llegado a América buscando la posibilidad de ser plenamente hombres.
Una genuina lectura del bicentenario consistiría en la interpretación en clave criolla de los sucesos y acontecimientos que estamos padeciendo o sintiendo.
Si bien hoy no nos está permitido hablar de “los gauchos”, ni de “los gringos”, ni de “los indios”, hoy estamos obligados a hablar de “lo criollo” como forma de expresión más propia y connatural de los argentinos y americanos.
Y hablando así podemos mandar al traste a todo indigenismo y a todo  cosmopolitismo que nos extrañan de nosotros mismos, “torciendo nuestro natural” como dice Unamuno.


[1] Obviamente que también podríamos agregar a Manuel Ugarte y Manuel Gálvez, pero éstos tocaron tangencialmente lo criollo y su expresión, y no de manera específica.
[2] Borges, José Luis: Discusión, Emecé, Buenos Aires, 1961, p. 23
[3] Ese mismo año un poeta oriental (uruguayo) Antonio Lussich publica Tres gauchos orientales y El matrero Luciano Santos pero sin mayor acogida popular.

[4] Carta a Adolfo Casabal del 11 de enero de 1903 a propósito de los dos folletos de Ernesto Quesada: El problema del idioma nacional y El criollismo en la literatura argentina.
[5]  A propósito del totalitarismo, en Nouvelle revue d´histoire, Paris, 2004
[6] Publicado en Internet y en infinidad de medios periodísticos y en nuestro libro Pensamiento de ruptura, Theoria, Buenos Aires, 2008.
[7] Neyra, Juan Carlos: Introducción criolla al Martín Fierro, ed. Huemul, 1979, p.22.-

martes, 13 de diciembre de 2011

RECORDANDO A ENRIQUE P. OSES

El 10 de diciembre de 1954 se apagaba la vida de un luchador incansable, un verdadero combatiente de la causa nacional. Hablar de Osés es pensar en la Patria militante, en un auténtico maestro que orientó a generaciones ansiosas de la verdad histórica, de justicia social y grandezas nacionales. 

Su obra tanto escrita como de campaña política fue no sólo de denuncia sino que preanunció la llegada de la revolución del 4 de junio de 1943, para derivar luego en el peronismo. 

Diría en 1950, después de su retiro a la actividad privada, respondiendo al diputado Santander por medio del periódico "Firmeza": "El régimen actual (el peronismo), que no se halla en discusión ahora, concretó en realizaciones muchas de las ardientes campañas de El Pampero".

 Fue director de la revista católica Criterio, luego fundó y dirigió los periódicos La Maroma, Crisol, El Pampero y El Federal, llegando a ser medios obligados de esclarecimiento y formación nacional para amplios sectores de la sociedad. 

 Hombre de prédica profunda y firme, orador extraordinario (Queraltó lo consideraba el más grande de la Argentina) que afectó a grandes intereses y que por ello fue condenado al silencio y ocultamiento. Su legado escrito (además de un exuberante número de artículos y folletos) es: 1) Medios y Fines del Nacionalismo (Editorial La Mazorca, 1941, Buenos Aires. Reeditada en la década del ’60) 2) Cuadernos Nacionalistas (1941).

Como argentinos, como militantes, no podemos olvidar a aquellos que han luchado por el Pueblo y la Revolución Nacional. 

Osés es uno de ellos, por eso gritémosle ¡Presente! rescatándolo del olvido al que fue confinado por los enemigos de la Patria, porque donde haya un argentino sufriendo la ignominia de la injusticia, o exista un cipayo a las órdenes del Dinero Internacional, se levantará nuestra voz combatiente y junto a ella estará guiándonos el verbo revolucionario de Osés







QUE IMBÉCILES PLUSCUAMPERFECTOS 

(DISCURSO EN EL TEATRO NACIONAL EL DÍA 16 DE SEPTIEMBRE DE 1940)

¡Qué imbéciles pluscuamperfectos, los que desde hace ya años, y con una saña que va centuplicándose a medida que se les acerca el fin, se han dado a la tarea de perseguirnos, de bloquearnos, de amontonar obstáculos, en el inútil empeño no ya de contener, sino tan sólo de retrasar, la obra de esta generación argentina, uno de cuyos extremos va alcanzando la madurez, mientras el otro, sienta en la cara el cosquilleo de la primera barba!

¡Qué imbéciles pluscuamperfectos, camaradas y amigos, los que, desde sus todavía poderosos bastiones, entre chillidos histéricos, entre ladronadas de matasiete, o entre disimulados gestos de fariseo, nos quieren amedrentar, de palabra o de hecho, como si un torrente pudiera detenerse ante unas piedras, y no fueran, precisamente, las piedras que va acumulando el torrente pudiera detenerse tras de sí, y llevándoselas consigo, las que hacen más dura, más terrible y más inexorable la avalancha. Nos matan a un joven de veinte años, hace ya seis, Jacinto Lacebrón Guzmán, y de ese joven han hecho un arquetipo de la juventud nacionalista.

Nos asesinan a mansalva un hombre F. García Montaño, recién graduado, y otro muchacho, Julio Benito de Santiago, allá en los patios de la Universidad cordobesa, y en cambio de esas dos vidas preciosas, nos han devuelto dos modelos inolvidables, dos ejemplos perennes de fe, de valor sereno, y de irreductible voluntad de vencer.

 Nos echan de sus modestos empleos, por el pecado de ser argentinos a decenas y decenas de camaradas, nos aprisionan por una gresca callejera, por un viril puñetazo en el rostro o un despreciativo puntapié en las nalgas, a racimos de muchachos cada vez que hay que salir a la calle a gritar ladrones a los ladrones, y de cada niño, de cada joven, de cada hombre así perseguido, nos hacen un soldado del movimiento liberador que aprieta las mandíbulas y se come los puños en una santa rabia, llena de esperanzas. 

¡Qué imbéciles pluscuamperfectos, camaradas, los que creen que ni un proceso judicial, ni cien, ni una bala, ni mil, podrán ya nada, absolutamente nada, contra quienes ayer fuimos apenas un centenar escaso de ilusos, y hoy somos millares y millares de hombres desparramados por el suelo de la Patria, y unidos por una común solidaridad de voluntades y propósitos, dispuesta a todo para que sobre esta caduca institución política-económica-social, se eleven los primeros cimientos de una Patria libre, de una Patria soberana de sus destinos, de una Patria digna, temida y respetada por todas las naciones, todos los pueblos y todas las razas del mundo . 

lunes, 5 de diciembre de 2011

EL MARTIN FIERRO VISTO POR EL PAYADOR




Por Alberto Buela 

 Introducción

Hace unos años lo llamé a La Plata donde vive a Pedro Barcia, hoy presidente de la Academia argentina de letras para pedirle si, como la editorial Emecé estaba editando las obras de Lugones, podía hacer el estudio introductorio a El Payador o a Los Romances de Río Seco, pero muy gentil y chispeante como es Barcia, me dijo que no, porque él era el encargado de ello según se había comprometido por contrato con la editorial.
Los libros salieron y el comentario de Barcia quedó como un comentario profesoral pero se le escaparon la infinidad de detalles criollos, que Lugones por serlo genuinamente los conocía y los utilizaba, y Barcia no.
Voy a poner un solo ejemplo, porque es un tema que domino, habida cuenta que soy presidente de la Asociación argentina de taba y algo del tema debo conocer.
En el poema XI: las carreras  se relata una partida de taba, que Lugones con genialidad magistral refleja los mínimos detalles de la trampa y los ardides.

El mozo, cuya es la taba,
cuando espera juega más,
pues, con licencia de ustedes,
será culera nomás.

Pero el cura que no toma
las pullas con que lo asedia,
maliciándose el recurso
la tira de vuelta y media.

En estas dos breves estrofas, sobre las que el ocurrente y simpático profesor Barcia no dice nada, Lugones dice todo sobre uno de los juegos más gauchos y criollos que tenemos los argentinos, uruguayos, paraguayos, chilenos y bolivianos, anque en Centroamérica.
La taba es un juego de destreza que se juega en forma individual pero respetando el campo desde donde se tira y así de hecho se forman dos conjuntos pero cada uno corre el riesgo de su apuesta.
Estas son al tiro y a la espera. Si uno va al tiro es porque confía echar suerte y si va a la espera es porque apuesta a que el rival eche “culo o chuque”.
Las tabas culeras son las cargadas y se usan para esquilmar a los novatos, a aquellos que no saben o no tienen la baquía necesaria en el manejo de la taba, pues la tiran girando o “de roldada”. Pero estas tabas tramposas nada pueden hacer ante un jugador avezado pues este utiliza la destreza criolla del juego.
Así la taba se puede tomar solo de dos formas con la suerte para arriba y la punta para adelante: en este caso se tira de dos vueltas para que caiga clavada. O, con el culo para arriba y el hacha o filo de la taba para atrás: en este caso se tira de vuelta y media para que caiga clavada. En estos únicos dos casos no hay taba culera que valga, la destreza puede más que la trampa y el tramposo.

En estos días mi querido editor Eugenio Gómez está por sacar una nueva versión de El Payador de Lugones, le solicité realizar el estudio introductorio pero me dijo que ya se había comprometido con el reconocido profesor de literatura clásica y tanguera Alfredo Fraschini. Ojalá que pueda hincarle el diente a Lugones, aunque nosotros lo dudamos,  porque para comentarlo con cierta profundidad el requisito es, antes que profesor de literatura, ser criollo y conocer de adentro el mundo gaucho. Porque eso fue, antes que nada, Lugones.

Las tres interpretaciones básicas del gaucho

El primero que en la literatura argentina realiza una interpretación del gaucho es Sarmiento en el Facundo (1842) en donde sostiene que en Argentina conviven dos tipos de hombres, aquellos del siglo XII, los gauchos, y aquellos del siglo XVIII, los ilustrados. El gaucho representa la barbarie y los ilustrados la civilización, por lo tanto la disyuntiva principal de la Argentina es: Civilización o barbarie. Sarmiento se inclina por la civilización y recomienda “no economizar sangre de gauchos”. Esto es, la eliminación lisa y llana del gaucho y todo lo que él representa.
Treinta años después en 1872, en pleno gobierno de Sarmiento, José Hernández entrega la primera parte del Martín Fierro en donde va a realizar la apología del gaucho y su mundo. Su libro produce dos interpretaciones: la de los liberales y conservadores que continúan con la interpretación sarmientina de desprecio al gaucho y su poema, y la de Lugones, que es la que vamos a tratar acá.
La tercera interpretación nos llega desde la izquierda, que en su conjunto, reacciona contra la hermenéutica lugoniana sosteniendo, falsamente, que el gaucho de Lugones, manso y obediente, está al servicio de la oligarquía y que el verdadero gaucho, el gaucho malo y rebelde es el Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez. O todos los sucedáneos que vinieron después: Mate Cocido, Bairoletto o el Gaucho Gil.
Desde la filosofía, los mejores de los filósofos argentinos, han intentado interpretaciones del gaucho. Así, entre otros, tenemos a Luis Juan Guerrero con Tres temas de filosofía en las entrañas del Facundo (1945), Carlos Astrada lo hizo en El mito gaucho (1948), Nimio de Anquín con Lugones, y el ser americano (1964), Rodolfo Kusch en La negación en el pensamiento nacional (1975) [1]

Esquema del Payador

El libro es editado en 1916 pero nace a partir de una serie de seis conferencias sobre el Martín Fierro dictadas en el teatro Odeón de Buenos Aires a la que asistieron el presidente de la República Roque Sáenz Peña[2], el único presidente argentino herido en combate, y todos sus ministros.

Se compone el libro de diez capítulos titulados: I La vida épica, II el hijo de la pampa, III A campo y cielo, IV  la poesía gaucha, V la música gaucha, VI el lenguaje del poema, VII Martín Fierro un poema épico, VIII el telar de sus desdichas, IX la vuelta de Martín Fierro, X el linaje de Hércules.
En el capítulo primero define los poemas épicos como expresiones de la vida heroica de un pueblo, trayendo numerosos ejemplos clásicos en defensa de su tesis. Así extiende la genealogía del Martín Fierro hasta Homero y Hesíodo.
En el capítulo dos: el hijo de la pampa,  va a sostener su principal tesis sobre el gaucho afirmando que “allí donde la conquista española fracasó fue el gaucho el héroe y civilizador de la Pampa”. El principal obstáculo que ofrecía la Pampa fue su vaga inmensidad lo que creaba una falta de objeto para la expediciones lanzada sobre ella.
El único que pudo contener con eficacia a la barbarie del indio fue el gaucho, un producto típico de la Pampa:“ni tan español ni tan indio”.
En el capítulo tres afirma que no obstante su aporte a las guerras de la Independencia, en las guerras civiles y a la guerra al malón [3], y su aporte para diferenciarnos de España con personalidad propia, el gaucho tiene que desaparecer porque “es un bien para el país que así sea”. Aquí Lugones deja entrar por la ventana, la idea de progreso, que había sacado por la puerta.
En el capítulo cuarto sostiene que la poesía del Martín Fierro tanto en forma de recitado o payada llega a nosotros a través de los trovadores provenzales. Ese es su noble linaje. La poesía gaucha como la de los griegos no es producto de la imaginación creadora sino reflejo de las afecciones del alma y las inclemencias del destino. “El octosílabo es el idioma mismo, estéticamente hablando”. Y sus juegos antes que el interés de la ganancia estaban signados por el honor del triunfo.
El capítulo quinto se ocupa de la música gaucha afirmando que la música de los gauchos, fundada en la guitarra (“el más precioso elemento de la civilización” ), fue siempre inseparable del canto y la danza. La preferencia por los instrumentos de cuerda (guitarra, arpa y violín) hizo que la música gaucha se preocupara por el ritmo que vincula música, poesía y danza, como sucedió con la música de los antiguos griegos. Y esta fue la causa por la que fue superior a la de los romanos que era de viento.
En el capítulo sexto viene a afirmar que América a través del lenguaje gauchesco va creando una expresión y lengua propia con base en el castellano. La despreocupación literaria de Hernández pone por escrito el mismo idioma que estaba en la boca. Lo que nosotros americanos hacemos con la lengua es restaurar para la civilización lo perdido por España a través “del castellano paralítico de la Academia”.
En el capítulo séptimo, luego de desmitificar a todos los autores gauchescos anteriores: al peluquero Hidalgo quien imprimió a su poesía la descosida verba de su oficio. A Ascasubi que no tenía de gaucho sino el vocabulario con frecuencia absurdo. A del Campo con su composición una parodia del gaucho “una criollada falsa de gringo fanfarrón que anda jineteando la yegua de su jardinera”. A Echeverría y Gutiérrez que pecan de romanticones. Va a sostener su tesis principal: Martín Fierro es el campeador del ciclo heroico de las leyendas españolas, personificando la vida heroica de la raza argentina con su lenguaje y sentimientos más genuinos. “Martín Fierro es un poema épico”.

En el capítulo octavo comenta “la ida”, la primera parte del poema, donde se relatan las desgracias que determinaron la vida errante del héroe. La civilización hostil al gaucho está representada por el gobierno de Sarmiento contra quien se alza López Jordán en cuyas filas militaba Hernández. Mientras que la época de esplendor del gaucho fue la del gobierno de Rosas, pues él mismo era gaucho. Lo escribe de un tirón en ocho días y el autor se agota en su propio poema.
El capítulo noveno nos viene a hablar de “la vuelta”, en donde el poema se transforma en una descripción de grandes cuadros realizada por diversos personajes (Fierro, Vizcacha, Picardía, los hijos de Fierro). El poema pierde fuerza al hacer literatura de precepto o lección de moral. No obstante afirma Lugones: “mi fe inquebrantable en que todo lo que dice el poema es verdad”.
Por último en el capítulo décimo titulado “el linaje de Hércules” sostiene que el Martín Fierro hunde sus raíces en Hécules, el antecesor de los paladines y el gran liróforo del panteón griego, pasa luego por la poesía latina, se refugia en la Provenza, su trova pasa a España en su guerra con los moros y de allí a América y se radica en la Pampa. Y termina afirmando un verdadero pacto social en donde las clases altas o gobernantes aceptan la cosmovisión gaucha: “Felicítome por haber sido el agente de una íntima comunicación entre la poesía del pueblo y la mente culta de la clase superior; que así es como se forma el espíritu de la patria”.

Las perlas de Lugones

Un comentario genuino del Martín Fierro requiere como conditio sine qua non el ser auténticamente criollo y estar contra la corriente, y esto fue Leopoldo Lugones. El más criollo de los comentaristas y el mayor disidente. Y eso lo queremos poner de manifiesto en este apartado a través de las afirmaciones y comentarios que hace el autor cordobés.
La Pampa, ese “vértigo horizontal”, al decir de Drieu la Rochelle en su vaga inmensidad nos muestra que en los montes que no cantan los pájaros al amanecer es porque el agua está lejos.
Las razas sin risa como la del indio nunca gozaron de la vida y solo copiaron del blanco el carnaval donde se salpicaban con sangre, utilizando los corazones de las reses como pomos.
A pesar de la profusión de guitarras en los hogares criollos que los indios saqueaban nunca la adaptaron, solo el despreciable chillido cuadraba a sus gustos musicales.
De los incendios desbastadores y gigantescos de la Pampa solo se sale prendiendo fuego (contra fuego) donde uno quiere quedarse o tapando la cabeza del caballo con un poncho mojado para lanzarlo en su cruce.
El campo es tan lindo que no da ganas de hablar. “con solo descansar sobre tu suelo, ya nos sentimos pampa, en pleno cielo”.
La música es el timbre de honor más alto para una raza. “y cuando los últimos residuos de la influencia cristiana y haya desaparecido la incrustación escolástica que aun nos paraliza, (la música) nos reintegrará en su armoniosa continuidad a la civilización interrumpida por veinte siglo de servidumbre”. La influencia de Nietzsche es aquí manifiesta.
La taba caracterizada por movimientos y actitudes dignos de la escultura.
El ritmo fundamental del cual todos proceden es el que produce nuestro corazón con sus movimientos de diástole y sístole: el ritmo de la vida. Los salvajes y los niños limitan a esto su música, así el primer elemento musical es tetramétrico. El paso militar y el tambor que lo acompasa consisten en eso, en la misma repetición.
El paso de los caballos es tetramétrico lo que explica que muchos caballos sin ser enseñados marchen al ritmo del tambor. El primer múltiplo de cuatro engendra el octosílabo que es el verso más natural y popular.
Los seis versos de las estrofas coinciden con las seis cuerdas de la guitarra y en los acompañamientos criollos, generalmente la sexta, suena libre como el primer octosílabo sin rima en aquella. Esto es un verdadero hallazgo que revela el producto genuino de una inspiración naturalmente acorde con los medios expresivos. Inventada por los payadores, aquella estrofa no existe en la poética oficial. Su instinto de poetas, hubo de sugerirles como a los trovadores del ciclo provenzal, grandes inventores de ritmos, por idéntica razón, esa simetría en cuya virtud cada cuerda habla en cada verso como acabamos de advertirlo.
El tema rítmico representa el sexo masculino y el melancólico al femenino.
Nuestros gauchos prefirieron los instrumentos de cuerda (guitarra y violín) por sobre los de viento.
Ningún criollo jinete como el protagonista del Fausto monta en caballo overo rosado: animal siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en las estancias o servir de cabalgadura a los muchachos mandaderos.

La crítica al Martín Fierro. ¿Cómo dijo la muy estulta y trafalmeja, y amiga del bien ajeno? ¿Qué eso no era obra de arte?. En la modestia de los grandes finca el entorno de los necios.
Caballos babosos son aquellos que se enfrenaron por primera vez en día nublado o frío y se olvidaron de salarle el freno.
¡La política! He aquí el gran azote nacional. Todo lo que en el país representa atraso, miseria, iniquidad, proviene de ella o ella lo explota, salvando su responsabilidad con la falacia del sufragio.
Los caballos del indio se dejaban montar solamente por la derecha, por el lado del lazo, pues a semejanza de las tropas romanas, así subían los indios apoyados en la lanza para saltar. Las narices de los yeguarizos eran sajadas para que absorbiesen más aire en la carrera.
Como todos los valientes nuestro gaucho experimenta la sensación del miedo antes de la pelea y no la oculta.
Los negros son gritones en la pelea y su voz estridente parece guañir (grito de los lechones) cuando se irritan.
El gaucho canta y baila en público pero ama y llora en secreto.
La esgrima de las boleadores era desconcertante y terrible. Las tres piedras y las tres sogas servían a la vez, cubriendo ventajosamente la guardia. La bola más pequeña o manija, asíala el guerrero con los dedos de su pie izquierdo desnudo. Una de las dos mayores, tensa en su cordel, manteníala con la mano izquierda a la altura de la cabeza. La tercera quedaba floja y colgando en la mano derecha, con la que venía a ser el elemento activo del combate. Obligado a retreparse (echado hacia atrás) para aumentar la tensión de aquella cuerda, el indio acentuaba en su fiero talante la impresión del peligro. Ambas las manos combinan sus movimientos para disparar el doble proyectil; y todavía si se descuidaba el adversario. Bastábale aflojar de de golpe la manija, que con la tensión iba a dar en la pierna de aquél, descomponiendo su firmeza. Así era difícil entrarle con el cuchillo, mientras no se lograra cortarle una de las sogas.
En la pelea la respiración anhelosa, que absorbe los labios como un rictus de agonía, era el detalle más importante de semejantes luchas. Quien ha presenciado el fenómeno (se ve que Lugones lo presenció), difícilmente lo olvidará: la expresión de la boca determina toda la fisonomía de la fiera.
Para asar la carne la ensartaban  los gauchos en una estaca o en un fierro y no en esos asadores modernos “tipo cruz” para deslumbrar a los turistas.
  
Epílogo

Hoy que el indigenismo está de moda, escribir sobre los gauchos y el mundo criollo suena a contracorriente. Y probablemente lo sea. Pero eso no es óbice para dejar de hacerlo. Sobre todo para aclarar algunos puntos oscuros o de sesgada interpretación.
Rosas, que sin dudas fue gaucho, sostenía que “los indios son primos hermanos nuestros”. Es decir, plateaba la convivencia entre criollos e indios. Es la ideología liberal que se instala después de Caseros (1852) que adopta el lema norteamericano: el mejor indio es el indio muerto.
El mundo criollo a través de la figura del gaucho fue el instrumento adecuado para derrotar al indio, quien había inventado a través del malón, la forma de vivir sin trabajar.
Al ser el gaucho un hombre de dos mundos: el desierto y campaña, y en los dos se movía como pez en el agua. Esa doble pertenencia hizo del gaucho el héroe del desierto cuando lo lanzaron a combatir. Vale la pena leer cómo lo busca y le corta todos los pasos Saturnino Torres a Baigorrita. Como lo vence con las mismas armas y con menos tropa. Durante semanas lo sigue, casi sin dormir ni comer, hasta la cordillera impidiéndole el paso a Chile.
Lleva la íntima convicción de luchar por la libertad y por la redención de su circunstancial enemigo. Lo derrota, lo cura, lo monta a caballo, Baigorrita se tira al piso, se arranca los vendajes y le pide que lo mate.
Hoy vemos con pena en el alma como el progresismo socialdemócrata interpretando interesada e ideológicamente trastoca los hechos históricos ciertos y le resta todo mérito  transformando al gaucho en verdugo, en empleado de la oligarquía porteña, en instrumento de dominación del imperialismo. Cuando al gaucho se puso la patria a sus espaldas.
Como se nota que estos carajos ilustrados no tienen un solo muerto de su familia en el desierto. Que nunca han podido participar ni siquiera de una fiesta criolla. Que jamás han dormido bajo la estrellas a campo traviesa. Que no se han sentado en su vida en un matungo. Ni pensar en arreos, yerras y trabajos de campo. El lazo que conocen es la soguita para llevar de paseo al perro y los bichos más salvajes sólo los vieron en el zoológico, nunca sueltos y libres en el campo.
Hoy en la época del bicentenario es perentorio, como lo era en la del Centenario de Lugones, recuperar los valores que alimentaron el alma gaucha:
 1) el sentido de la libertad, 
2) el de la justicia, 
3) el valor de la palabra,
4) el orden objetivo de las cosas
5) el sentido teleológico del obrar (obrar en vista a fines) y 
6) el sentido trascendente de la vida.
El Martín Fierro, tal como nosotros le hemos respondido al querible Rodolfo Kusch, tiene una propuesta concreta para la redención Argentina y lo afirma específicamente, y a tres niveles: a) A nivel de propuesta: debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos.
b) En orden al método o camino: pero se ha de recordar para hacer bien el trabajo que el fuego para calentar, debe ir siempre desde abajo (el pueblo) y c) A nivel de conducción: Hasta que venga  un criollo a esta tierra a mandar.




[1] Guerrero con la enjundia filosófica que lo caracteriza, termina afirmando que: “La solución al problema argentino es la formación de una conciencia nacional con un programa de acción que pueda sustituir el postulado iluminista (de Mayo) y el símbolo de los románticos (generación del 37) para organizar la libertad en un sistema de instituciones democráticas. La consigna es gobernar para organizar la libertad” (P.67-68).
Astrada, inteligente, pero resentido como buen tape cordobés afirma: “Sólo la fidelidad al karma pampeano y dedicados a pulir el mito de nuestros orígenes nacionales, a realizarlo en el arte, la poesía, la filosofía, la ciencia y la técnica, dentro de una comunidad justa y libre, dará continuidad a nuestra estirpe” (p. 100).
De Anquín, llevará su crítica incluso al Martín Fierro privilegiando el gaucho de su coprovinciano Lugones sosteniendo: “La Guerra Gaucha es el anti M.F. porque es la epopeya del hombre americano que defiende su tierra hasta la muerte; mientras que el M.F. es el relato del individuo nómade que constantemente huye. (Confunde de Anquín el individuo burgués con el héroe). La Guerra Gaucha crea patriotismo y coraje, el M.F. resentimiento y astucia.”  (p. 20).
Kusch va a sostener la típica tesis de la izquierda que afirma que el gaucho feliz no existió nunca sino el gaucho malo o perseguido: “La buena vida del gaucho antes de ser perseguido pareciera ser un estereotipo de un paraíso perdido que no es tal, ni nunca existió” (p.103). Esto no es cierto, porque cuando dice M.F. yo he conocido esta tierra en que el paisano vivía y su ranchito tenía y sus hijos y mujer, era una delicia ver como pasaba los días, se refiere estrictamente a la época de Rosas. El poema del Martín Fierro es un pensamiento situado y eso Kusch no lo ve.
No compartimos, además, su proposición final cuando sostiene “Fierro... no nos dice en qué consiste la redención argentina” (p.108). En nuestra opinión lo dice, y explícitamente, y a tres niveles: a) A nivel de propuesta: debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos. b) En orden al método o camino: pero se ha de recordar para hacer bien el trabajo que el fuego para calentar, debe ir siempre desde abajo (el pueblo) y c) A nivel de conducción: Hasta que venga  un criollo a esta tierra a mandar.


[2] Sáenz Peña fue un patriota y de los mejores que hemos tenido. Fue, lo que se dice, un caballero español siendo él tan argentino. Se opuso abiertamente tanto al contubernio como a Roca y renunció a la candidatura a presidente para dejar lugar a su padre, Luís Sáenz Peña.
Militó toda su vida en el autonomismo, el partido de Adolfo Alsina, que fue lo mejor, lejos, que tuvo la provincia de Buenos Aires en toda su historia. Luchó contra el fraude y a favor del voto universal y secreto, que durante  su presidencia salió por ley. Esta ley que luego permite el acceso, por primera vez, de las masas populares al poder con Irigoyen en 1916. Fue el único presidente argentino herido en combate pues luchó en la Guerra del Pacífico (1879-1883) a favor del Perú. Triunfó en la batalla de Tarapacá y fue el último combatiente del Morro de Arica. Cuenta el mismo oficial chileno que lo tomó prisionero que no lo fusila, como a los otros prisioneros, porque fue el único que no suplicó por su vida. Herido y preso en Chile, tuvo que amenazar el propio Sarmiento, que era presidente, con ir a la guerra si no lo liberaban a él y al presidente cautivo de Perú, García Calderón y su familia. Sáenz Peña fue un guapo y un valiente, fue un criollo a pie firme que defendió a los criollos y su mundo como lo hizo con la sucesión de la familia de Ciríaco Cuitiño, el cuchillero de Rosas. Sucesión que era una brasa ardiente y que ningún abogadito cagatintas se animaba a tomar por temor a la represión desde el poder.
Promulgó la ley de colonización de tierras, que habilitó a miles de inmigrantes a poseerlas a través del arriendo previo. Era, en forma paulatina, la manera de quitarles algo de tierras a los terratenientes de la época. Hoy las tierras argentinas, 17 millones de hectáreas están en manos de extranjeros, y el resto en las manos de los Eskenazi, los Eltszain, los Werthein y toda la paisanada. Si hasta un rabino de Nueva York acaba (9/8/10) de comprarse 200.000 hectáreas en Catamarca por 600 mil pesos=150.000 dólares.
Pero sigamos. Sáenz Peña  crea en 1884 la revista Sudamérica de ideas americanistas donde defiende la tesis de la Liga Latina (otra vez la tara de “la latinidad” que Sáenz Peña comparte). Viaja como representante argentino al congreso panamericano de Washington de 1890 donde se opone a las propuestas de Estados Unidos de crear una aduana y una moneda única para todo el continente y se niega a hablar en inglés, idioma que conocía a la perfección. A la doctrina Monroe de “América para los americanos” contrapone su “América para la humanidad”. En 1907 participa de la Segunda Conferencia de Paz de la Haya y allí sostiene la posición a favor de la creación de un tribunal internacional de arbitraje.
Durante su presidencia algunos de sus ministros fueron Indalecio Gómez, Miguel Scalabrini Ortíz, José María Rosa, Carlos Ibarguren, Eleodoro Lobos, José Luís Muratore. ¿Dónde un gabinete como este?.
Obligó a este gabinete y a él mismo, dentro de los festejos del centenario, a concurrir a la serie de seis conferencias sobre el Martín Fierro y la identidad de los argentinos que dictó Leopoldo Lugones en el teatro Odeón en mayo de 1913. ¿ Qué presidente hoy va a una conferencia a aprender?.
Existe una página extraordinaria de Sáenz Peña que trae ese gran pensador americanista y antiimperialista como lo fue don Manuel Ugarte, en su libro El destino de un continente que dice así:
La raza latina (como dijimos antes, toda la generación del centenario se creyó el verso francés de la raza latina) atraviesa, sin duda, momentos de oscuridad y de abatimiento, que contrastan con su pasada grandeza histórica; pero el eclipse es transitorio y la raza que ejerció la soberanía del mundo, difundiendo su aliento poderoso en la inmensidad de los mares y en las regiones desconocidas e ignoradas, ha de recuperar algún día el abolengo de sus energías, de sus iniciativas, de sus empresas y de sus glorias, moviendo los resortes de la voluntad que son atributos de esa alma que Edmond Demolins (educador francés que exaltó el influjo de la educación inglesa) quiere cambiar por otra, sin recordar que ella ha inspirado el heroísmo, la gloria y la grandeza: exploraciones, inventos, artes y ciencias que no son patrimonio del anglosajón y que forman el opulento inventario de la raza latina. La Liga latinoamericana es una concepción que se percibe fecunda y provechosa en los acontecimientos del futuro: ella fue acaso para nuestras repúblicas amorfas, en los días dudosos en que fuera concebida por Bolivar; pero no lo será en el porvenir, como no lo sería hoy mismo, definida como está la soberanía de las naciones, sobre la base de un respeto recíproco. Dentro de estos organismos, cabe políticamente la unidad de destinos y de pensamientos, como cabe la solidaridad de los principios que deben defender las naciones de este Continente, ya que un derecho de gentes  especial  aspira a presidir su evolución”
La tesis de Sáenz Peña es que dado que nuestros Estados ya están consolidados podemos ahora(en 1912) no solo crear una Liga Latinoamericana sino, sobre ella, “un derecho de gentes especial”. Que sería aquello que le permitiría, antes que nada, construir un gran espacio geopolítico común y tener voz propia dentro del concierto del mundo. 



[3] La guerra al malón, la industria sin chimeneas de la que vivió el indo durante cuatro siglos, duró, estrictamente, desde la cruel campaña del maestre de campo Juan de San Martín en 1737, cuya réplica fueron los grandes malones de 1740 que provocaron grandes matanzas: en Luján (800 habitantes), Arrecifes-Areco (400 habitantes) y Magdalena (100 habitantes) y terminó en 1879 con la muerte del último gran cacique, Baigorrita.