jueves, 8 de septiembre de 2011

JORDAN BRUNO GENTA: DISCURSO A LOS MAESTROS ARGENTINOS



Fragmentos del discurso pronunciado por Jordán Bruno Genta el 1° de Agosto de 1944 en la inauguración de la Escuela Superior del Magisterio.


Maestras y maestros argentinos:

El principio de la soberanía nacional es exclusivo, porque fueron exclusivos de nuestra comunidad los sacrificios y merecimientos necesarios para conquistarla y sostenerla. Porque serán exclusivos de las generaciones presentes y venideras los sacrificios y merecimientos necesarios para que continúe existiendo sobre la tierra un linaje y un honor argentinos.

La soberanía nacional y exclusiva no sólo no es un  obstáculo, como pretende el pedagogo norteamericano Dewey, sino que  es la condición indispensable para la verdadera hermandad de los pueblos.

La soberanía nacional es "inmutable y eterna", ha dicho el primer ciudadano de la República. Es la ley fundamental de los pueblos libres, donde se refleja la justicia suprema de Dios; y ella no ha sido consagrada por el sufragio universal, sino por el sacrificio de la sangre y de los trabajos infinitos de los héroes de la nacionalidad y de las generaciones criollas que seguían libremente las banderas levantadas por sus caudillos.

Y bien, no sería razonable, no sería congruente, proclamar de este modo tan claro, limpio e inconfundible, el imperio de la Soberanía sobre todo lo nuestro, sobre todo lo que nos pertenece y dejar al mismo tiempo que un espíritu extranjero continúe dominando la formación  de nuestros educadores y, por ende, la educación de los niños y de los jóvenes argentinos.

Preciso es decirlo: la lucha decisiva contra la antipatria, la más resistida y enconada, es la que la Revolución Restauradora libra por la recuperación de la Escuela para la nacionalidad.

El liberalismo ateo y materialista, lo mismo que sus secuelas marxistas, manejan armas sutiles y emplean los infintos recursos de la deslealtad para sus fines. Incluso la buena voluntad y los mejores sentimientos pueden obrar y obran lo contrario de sus nobles designios, si la inteligencia está confundida y el equívoco domina. Lo que decide en la mentalidad que se ha estructurado en nuestra formación son los hábitos intelectuales adquiridos , las tablas de valores que ha ido decantando una larga y continuada influencia.

Por eso dice San Agustín: "que las prudencias son centinelas y ejercen una diligentísima vigilancia, para que no seamos engañados paulatinamente por una mala persuación que se introduce insensiblemente."

Obra del celo de estas prudencias es la Escuela Superior del Magisterio.

Maestras y maestros argentinos:

No dudamos, no podríamos dudar, de vuestro patriotismo; reconocemos y respetamos la labor abnegada de muchos de vosotros; pero es un deber perentorio superar la mentalidad que informa nuestras escuelas normales bajo la funesta influencia de la pedagogía extranjera, de los Spencer y de los Dewey.

Es urgente la rehabilitación de la inteligencia en el maestro normal por la disciplina metafísica y teológica que la restituya al hábito de Dios y de las esencias, a fin de que sepa distinguir, en todo, lo que es sustancial de lo que es espurio, lo que es eterno de lo que es transitorio; a fin de que sepa distinguir entre la verdadera libertad que nace de una difícil obediencia y las falsas libertades que nacen de la infidelidad y del abandono; a fin de que no confunda la mentida democracia que esclaviza al hombre a la masa con la genuina democracia que respeta la dignidad humana y cuida el florecimiento en la existencia de la esencial aristocracia del hombre, así como el imperio de la justicia que da a cada uno lo que merece.

Se trata de reemplazar la historia falsificada de los doctores liberales, antitradicional, antiheroica, que reniega de nuestros egregios orígenes hispánicos y que se fundamenta en un explícito o implícito materialismo histórico, por una historia verdadera, tradicional, heroica, orgullosa de sus orígenes y animada por la vocación de grandeza nacional con que entramos en la existencia soberana.

Se trata de infundir en el maestro normal la pasión de nuestra lengua castellana, a fin de confirmarlo en la veneración del genio de la estirpe y de que aprenda en los clásicos que la mejor poesía para niños es la más alta poesía, la de los grandes y verdaderos poetas.

Se trata de que el maestro asuma conciencia lúcida y fervorosa de todo lo que concierne a la defensa de nuestra soberanía, y que enseñe a sus niños que la escuela argentina antes prepara para saber en la hora precisa que para asegurar una vida tranquila y confortable; que el arado puede abrir el surco porque la espada vigila.

La pedagogía extranjera para uso de coloniales nos dice, con Spencer, que  el fin de la educación es, principalmente, "la conservación directa e indirecta del individuo". La pedagogía nacional para servir a la libertad argentina nos recuerda el deber del ciudadano en estos espléndidos versos del Padre Leonardo Castellani, inspirados por el gran poeta Péguy:


"Dichoso aquél que muere por su casa y su tierra.
Pero sin haber hecho dolo ni fuerza injusta,
Dichoso aquél que compra su tálamo de tierra,
Que compra con su sangre la cama eterna y justa.
Dichoso aquel que muere por la cosa solemne,
Aunque sea más chica que un granito de anís.
Dichoso aquel que muere para que siga indemne 
La vida de un niñito, la gloria de un país.
Dichoso aquel que muere por la Cosa Perenne,
Por un Santo Sepulcro, Dulcinea, Beatriz,
O por un sol en campo de color cielo y Lis."

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